La plaga de palomas que enfrenta Torreón desde 2019 dio
lugar a un nuevo oficio. Alguien que se encarga de combatir la proliferación de
aves. Un héroe en tiempos de crisis.
Texto y fotografías: Diego Santana
Ilustración: Edgardo Barrera
Ya no son las tolvaneras lo más característico de La
Laguna, ni ese calor tormentoso que se eleva entre la lluvia de tierra. Ya no
es solo el Cristo de las Noas que, con las manos en cruz, mira desde el cerro
la franja entre Coahuila y Durango, ni la fama migrante de los lonches de
adobada lo que viene primero a la mente. Son las palomas. Cientos de aves y sus
vuelos coordinados en el cielo de la región, que desde 2019, en silencio, se
convirtieron en una plaga.
Una plaga gris y alada, de cuello corto y pecho hinchado
que anuncia la muerte sobre las calles de Torreón.
Están ahí, en todos lados, ocultas en los resquicios de los edificios del
centro histórico, sobre las casas en las colonias lejanas al corazón torreonense,
en los parques y áreas verdes que apenas mitigan las temperaturas del desierto.
Una parvada de palomas reposa sobre el resguardo de un
tinaco en la regio?n Laguna
Especialistas ambientales consideran que una de las
principales causas de la presencia desmedida de estos animales bravíos es que
la gente les arroja de comer a montones. Migajas de pan, frituras de maíz,
cualquier golosina que esté a la mano.
Ramón Delgado, doctor especializado en patología por la
Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, señala que en el caso de Torreón,
las altas temperaturas influyen directamente en los índices de reproducción de
esta especie.
Una pareja de macho y hembra puede reproducirse 6 veces
por año, y tener entre 4 y 6 huevos. Es decir, hasta 24 pichones al año, de
acuerdo con Héctor Manuel Estrada Flores, Catedrático de la Universidad
Autónoma Agraria ‘Antonio Narro’.
En una población de 100 palomas, estamos hablando de 2
mil 400 nuevas aves. Una estimación oficial, sin embargo, no existe al momento
en La Laguna.
Lo que sí hay son palomas en todos lados que defecan en
todos lados. Sus heces corroen las fachadas de concreto; desgastan y oxidan
estructuras de metal como bancas públicas; impregnan el aire de un olor
fétido.
No por nada les apodan coloquialmente como “ratas
aladas”.
Al respecto, el Director de Salud Pública Municipal en
Torreón, Manuel Acuña, dice que llevan años con esta plaga, la cual es
preocupante porque no se ha podido controlar. Y es la misma sociedad quien, al
alimentarlas, tanto en puestos de comida como en plazas públicas, sigue
contribuyendo a la problemática.
Manuel Acun?a, director de salud pu?blica de Torreo?n.
Y lo de la muerte, lo del riesgo sanitario por posibles
infecciones, no es exageración. Nataly Cruz,
de 15 años, murió en Torreón el 7 de mayo de 2021, después de un mes de estar
hospitalizada. Tenía daño en sus pulmones y cerebro provocados por una bacteria
que se gesta en el excremento de las palomas.
Inhaló, sin intención, microorganismos que se encuentran
en los hongos cryptococcus, que se hallan a su vez en la materia fecal de las
aves.
En la mayoría de los casos, la resistencia natural del
cuerpo hacia estas enfermedades es suficiente para que los anticuerpos hagan su
trabajo. Así lo asegura la Sociedad Brasileña de Enfermedades Infecciosas
(SBEI). Pero Nataly no tuvo esa suerte.
Su deceso inquietó la opinión pública y por ello a las
autoridades, encabezadas por la Dirección de Medio Ambiente en Torreón, quien
comenzó a buscar soluciones.
El doctor Ramón Delgado fortalece la idea de que lo mejor
es un control, y no una aniquilación de la especie, ya que esto podría producir
un desequilibrio ecológico.
—El problema principal es el ambiente en el que vivimos,
no las palomas… En las heces no se encuentran dichos patógenos, sino en
aquellas que han sido expuestas en un ambiente orgánico y húmedo, aunado al
calor excesivo de La Laguna— asegura el académico.
¿Qué se tiene que hacer entonces?, ¿cuál es el camino
adecuado para no provocar un problema secundario que lo empeore todo?, ¿a quién
se acude cuando se tiene una plaga de palomas?
El nacimiento del ‘exterminador’
Una mañana de 2019, al lavarse los dientes, Brenda López
sintió ganas de vomitar al advertir un sabor desagradable en el agua. Avisó a
su esposo, José Guajardo, quien luego de un trago escupió el buche por el asco.
El líquido desprendía un hedor a huevo podrido. Y el grifo del lavabo no era el
único lugar del que salía, también el agua de la regadera estaba impregnada de
aquella peste.
«El exterminador», Jose? Guajardo, no solo
instala dispositivos anti-aves, sino que tambie?n lava y desinfecta la zona
donde anidan las palomas.
La suposición fue obvia. Bastaría con limpiar el tinaco,
intuyendo que la hediondez era causada por una capa de moho. Anteriormente ya
habían encontrado algo así flotando en la superficie.
Pero cuando José subió a la azotea para revisar, nada
pudo prepararlo para su hallazgo. Desde lejos vio que la tapa del tanque no
estaba. El hombre recordó que días antes una tolvanera cubrió la ciudad. “El
aire se la llevó volando”, pensó. Y así fue: las rafagas la proyectaron en a
dos casas de distancia quedando en el jardín de una residencia olvidada.
El tinaco de la casa no está a la intemperie. Al menos no
como suele ocurrir en la mayoría de las viviendas mexicanas. Se encuentra
protegido por una estructura de cemento en forma de cubo que impide que los
rayos del sol le den directamente. Así que para asomarse, José tuvo que avanzar
primero por el suelo, incrédulo, por la cantidad de plumas y excremento de
paloma.
Los cubos de concreto que resguardan los tinacos son los
escondites preferidos de las palomas; algunas terminan muertas dentro de los
contenedores de agua.
Se asomó al recipiente y las tripas se le revolvieron:
las paredes del Rotoplas estaban cubiertas de heces fecales, y el agua
coloreada de un tono verdoso, como un pantano fabricado en lo alto del
domicilio. En medio de esa sustancia angustiante había un cuerpo con plumas en
evidente descomposición. El cadáver estaba rodeado de gusanos. Antes de apartar
la vista, José alcanzó a calcular que el tamaño de algunos se aproximaba al
meñique de una persona adulta.
Sin saberlo, él y Brenda, con un mes de embarazo, pasaron
días consumiendo agua putrefacta.
Limpiar el tinaco y asegurar la tapa con algún amarre era
necesario, pero no era una solución de fondo. En los días siguientes, las
verdaderas protagonistas de esta epidemia se hicieron más presentes que nunca.
Cada mañana, las palomas despertaban a la familia porque
sus gorjeos se colaban a través del aparato de aire (sin él no se puede vivir
cómodamente en La Laguna).
Le surgió entonces la pregunta que años más tarde toda la
ciudad se haría también: ¿a quién se le pide ayuda para enfrentarse a una plaga
de palomas?
Nadie en la región tenía la capacitación pertinente. Así
que José Guajardo hizo lo que cualquier persona con internet haría. Ver
tutoriales en YouTube. Aprendió de unos argentinos a instalar puntas anti-aves:
Totalmente casera, supuestamente inofensivas.
Estas consisten en una serie de puntas de acero
doble galvanizado, lo que evitaba que las aves reposen sobre el perímetro del
techo. Así que luego de limpiar y construir su propio remedio contra las
palomas, subió a la azotea de su casa.

Estos son los dispositivos antiaves que instala Jose?
Guajardo, «el exterminador», en los techos de las casas.
Ahí arriba, en el techo, observó cientos de palomas
posadas en lo alto de las demás casas. “¿Alguien más se dará cuenta de la
gravedad en la que vivimos?”, se preguntó el hombre de 29 años.
Un mes después, amigos y familiares que conocían este
invento soltaron la noticia: un hombre encontró la manera de alejar a estos
pájaros sin hacerles daños. Y lo que inició como una cuestión íntima y
personal, se convirtió en un trabajo formal.
A inicios de 2020, José inició su negocio de Sistemas de
Control de Aves de La Laguna. Y aunque no mata ni lastima a las
palomas, la gente lo llama: “El exterminador”. Los mensajes llegaron a
montones. Torreón necesitaba un héroe, y como pasa en la ficción, los eventos
se acomodaron para que este surgiera del pueblo y para el pueblo.
El ‘exterminador’ que quería ser beisbolista
Todos los días desde que inició su negocio de control de
plagas, José Guajardo llega a su hogar cubierto en sudor, con la piel
bronceada, una gorra, una camisa larga, cubrebocas, lentes protectores, y botas
impermeables. Tiene cuidado de no tocar nada a su alrededor. No quiere
contaminar algo por error; las jornadas de 12 horas limpiando caca de paloma en
techos laguneros puede tener consecuencias graves. Las noticias lo confirman.
Elena, su hija de un año y medio se acerca para recibirlo
con un abrazo. Pero José le pide a Brenda, su esposa, que la detenga. Él se
siente sucio, peligroso, y lo que menos quiere es exponerla. Camina sobre sus
talones tambaleándose de un lado a otro con los brazos extendidos mientras
evita a su familia y sube a bañarse.
Eso es ahora, pero las cosas no siempre fueron así. Y es
extraño que José tenga algo en común con las palomas domésticas. La revista National
Geographic explica que fueron los europeos quienes, aproximadamente
en el siglo XVII, trajeron estas aves a América para usarlas como alimento y
crianza. Sin embargo, muchas de estas escaparon de su cautiverio y se adaptaron
rápido al nuevo mundo. Tanto así que, precisa la publicación, en 2020 había
alrededor de 400 millones de especímenes en el planeta.
Tal como las palomas migraron, el hoy exterminador dejó
su natal Oaxaca hace 19 años, cuando él apenas tenía 10. El motivo es también
un lugar común de la gente trabajadora. El empleo de su padre los obligó a
moverse y La Laguna prometía una buena vida.
Entonces, como la mayoría de su edad, los sueños eran más
fantasiosos que otra cosa. José quería ser beisbolista. Y aunque la adolescencia
modificó un poco las aspiraciones, mantuvo lo esencial: para los 15 años más o
menos pensó en ser reportero deportivo. Comenzó a estudiar periodismo en la
Universidad Autónoma de La Laguna, pero los vuelcos inesperados de la vida lo
obligaron a truncar la carrera.
La familia compuesta por el matrimonio y cuatro hijos
tenía apuros económicos. Y José, aunque no era el más mayor, comenzó a trabajar
para expiar la falta de dinero. Unos años más tarde, quedó claro que no sería
una etapa, que no podría continuar estudiando para lograr su sueño, pues su
padre se fue de casa, como dice él, “sin dejar rastro”. Justo como la lluvia
lagunera que, de un momento a otro, desaparece.
El muchacho anduvo entonces de jale en jale. De una
fábrica de productos químicos a una purificadora de agua; de ahí a la fábrica
de hidrocarburos en donde trabaja actualmente. Por lo pronto, la cosa del
manejo de aves es extra.
Hoy José tiene 29 años y le parece irónico como uno de
los primeros recuerdos que tiene de Torreón se relaciona con las palomas: la
gente alimentándolas en las plazas del centro histórico. Justo uno de los
motivos que hacen que se reproduzcan tan rápido y sin control.
No sabe explicar bien qué es, pero nunca le gustaron
realmente esos pájaros. Quizá son los ojos saltones, tal vez el canto monótono
y casi robotizado, a lo mejor que, en efecto, le parecen ratas rechonchas que
puede volar y defecar por donde quiera. No sabe bien qué es, pero acaso el
destino lo dispuso para ser el encargado de combatirlas.
La lucha con las palomas
Es el último lunes de primavera de 2021. Las últimas
semanas en Torreón la temperatura superó los 35 grados de manera
disciplinada. El sol de las 12 enrojece las mejillas de José, “el
exterminador”. Lleva cuatro horas en la azotea de un cliente quien lo contactó
gracias a un volante de los que reparte por la ciudad.
“Sistemas De Control De Aves de La Laguna”. Tenemos la
solución a tu problema de palomas” se lee en la hoja de papel.
El techo, no hace falta decirlo, estaba infestado de
palomas. Y no solo vivas. También hay cadáveres, estiércol, plumas, restos
inentendibles de cosas que parecen ser comida o vómito o ambas.
Se quita el sombrero y de su pelo negro escurre sudor que
se evapora apenas toca el suelo. En el horizonte contrastan el cielo azul, los
parajes áridos de la zona y cientos de palomas que se atraviesan al vuelo
cuando no en una casa aledaña o como manchas grises y negras en la
lejanía.
Cualquiera que se asome desde esta altura verá las
cornisas maltratadas por la inmundicia de las aves. En algunos casos las
construcciones están cubiertas por completo de pastas blanquecinas y marrones.
En otros, la techumbre tiene pegadas plumas acariciadas por el viento
bochornoso. De tanto en tanto, incluso hay cadáveres de pichones.
Mientras recobra el aliento, explica el proceso para la
construcción de los dispositivos anti-aves.
Primero, con la ayuda de un taladro, coloca sobre el
perímetro del techo unas puntas anchas de acero galvánico, que parecen las
púas, sin filo, de un erizo. Esto evita que las palomas puedan aglomerarse
sobre ellas.
Después pasa a la limpieza del suelo. Con una escoba,
acumula montañas de popó seca, que con el movimiento provoca una nube de caca
pulverizada que se dispersa con el viento y lo vuelve engañosamente invisible y
realmente letal. Ese polvo fue el responsable de la muerte de aquella joven
torreonense, Nataly.
Con una hidrolavadora de alta potencia, que parece una
ametralladora ligera de esas que salen en las películas de acción, expulsa un
chorro de agua para remover la suciedad que se queda pegadas al suelo, a los
tinácos, a cualquier superficie víctima de la plaga.
Los ríos de agua café que se forman tras esto dejan al
descubierto nidos y huevos.
Huevos, pichones, heces fecales, y pumas son la
combinacio?n que representan un foco de infeccio?n
Un grupo de unas 20 palomas se posan en un cable de alta
tensión a unos 100 metros. Parecen observar al exterminador, juzgarlo,
desdeñarlo por acabar con el refugio silencioso que han tenido por años.
José ya se ha acostumbrado a estas imágenes, pero no a
los olores. Con las cascadas de desechos que escurren desde el techo, las
pestilencia consume el oxígeno limpio. De no ser por el cubrebocas, dice el
exterminador, habría vómito seguro.
Para remover por completo la porquería, el oaxaqueño
utiliza una pala y un rastrillo de jardinero. Entre las cosas que remueve,
aparece una paloma muerta.
Un cadáver de paloma ubicado en uno de los techos que
limpia «el exterminador».
José suspira. Es lo que menos le gusta de su trabajo.
Desde que tiene el negocio ha explicado hasta el cansancio que su fin no es el
exterminio, sino el de prevenir la proliferación de las palomas. Aún así, no
dejan de atacarlo en redes sociales.
¿Hay una solución?
Hace más de un año, a mediados de 2020, a José le
llamaron para asistir a un departamento que era alquilado al norte de la
ciudad, una zona con un gran problema de plaga. Los últimos inquilinos habían
dejado una ventana abierta procedente del baño sin darse cuenta. El lugar duró
sin atención varios meses, en los cuales las palomas se apoderaron de las
instalaciones.
Cuando José entró con el rostro cubierto y su equipo de
trabajo, como un soldado en la primera línea de batalla, encontró una catástrofe:
cada rincón de la casa, tanto escaleras, cocina, sala, y muebles, estaban
cubiertos de excremento blanco, nidos, huevos y orina. Era una cueva de palomas
alborotadas.
–Es lo más impactante que he visto– confirma.
Y esa imagen le ayudó a dimensionar la gravedad del
problema. Aquel departamento era justo como La Laguna. Un nido de palomas que
nadie advirtió a tiempo. Sin control, sin cuidado, sin aparente solución.
Fue solo tras la muerte de Nataly, a inicios de mayo de
2021, y tras los enfrentamientos entre diversos grupos de ciudadanos, que la
Dirección de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Torreón lanzó una acción en
espera de dar una resolución.
Se trata de un estudio piloto, que busca probar la
eficiencia de un producto químico. El director de la dependencia, Felipe
Vallejo, asegura que el estudio que se está realizando, más allá de comprobar
que se trata de un método preventivo y control de plagas efectivo, va por algo
más importante: demostrar que no es nocivo para las palomas y que no significa
ningún tipo de maltrato.
–Lamentablemente, tuvo que morir una niña para que la
población pudiera darse cuenta de la magnitud del problema, y lo poco atendido
que está. Vivimos sobre un nido de palomas, que ciertamente, ha sido culpa del
descuido humano –dice José mientras coloca una malla de polietileno sobre un
tinaco para protegerlo de la corrosión.
La labores del exterminador que no es exterminador
concluyen a las cuatro de la tarde, después de barrer la poca agua que queda
del techo y meter los desechos en bolsas de basura.
–Está feo. Pero está más feo no tener para comer. No
tener para vivir o mantener a tu familia. Eso está más feo. Nada es fácil. A mí
me tocó así –suelta entre risas mientras termina de barrer–. La mierda tiene la
propiedad de que entre más la mueves, más apesta. Yo ya me acostumbré a la
peste. Pero siempre acuérdate: entre más le muevas a la mierda, más va a oler.
Y eso aplica en todos los sentidos de la vida.
La parvada de palomas que antes estaba sobre el cable ha
desaparecido casi por completo. Pero una de ellas, empapada de agua y
excremento húmedo, se lanza al vuelo. Y en cada aleteo deja caer desperdicios
mientras busca otro lugar donde hacer nido.
*Este reportaje forma parte del Hub de Periodismo de
Investigación de la Frontera Norte, un proyecto del International Center for
Journalists, en alianza con el Border Center for Journalists and Bloggers.

