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lunes, 2 noviembre 2026
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    Narigua, Coahuila: un sitio arqueológico en el olvido por falta de inversión pública

    Autoridades municipales y federales no han invertido un
    solo peso en el sitio arqueológico más importante de Coahuila en lo que va del
    año. El gobierno de la República retiró el presupuesto para que los arqueólogos
    del INAH pudieran hacer trabajos de campo. Y, cuando el lugar recibe visitantes,
    se van decepcionados. ¿Cómo se puede solucionar esta situación?

     

    Vanguardia

    Texto por Jesús Peña

    Fotos por Omar Saucedo y Homero Briones Amaya

    Ilustración por Edgardo Barrera

     

     

    El pasado 30 de julio la imagen de Narigua, a través de
    sus petroglifos, dio la vuelta a todo el país plasmada en un billete de la
    Lotería Nacional. Esto sorprendió gratamente a la comunidad coahuilense, sobre
    todo a la región sureste del estado. 

    Grupos de excursionistas, amantes de la cultura, la
    historia y la naturaleza, deslumbrados por la publicidad, visitaron el lugar, ubicado
    a unos 40 kilómetros de Saltillo, en el municipio de General Cepeda.

    Apenas llegaron los recibió un camino de terracería lleno
    de hoyancos. Un sitio arqueológico descuidado: sin guías, ni señalética, sin
    cédulas explicativas, sin andadores adecuados. Los recibió un estacionamiento
    deteriorado y dos baños… bueno, dos fosas sépticas que hace años se
    construyeron con recursos del gobierno federal y estatal, pero que actualmente
    están clausuradas.

    El ayuntamiento de General Cepeda ejerce 50 millones de
    pesos cada año para el funcionamiento de sus diferentes áreas. Así lo confirmó
    la oficina del ayuntamiento.

    De ese monto, apenas el cuatro por ciento, es decir, dos
    millones, son destinados a la promoción de sus sitios históricos. Pero esta
    cantidad incluye los insumos de la oficina de la Dirección de Turismo y los
    sueldos de sus empleados.

    Es por ello que Narigua, el más grande e importante sitio
    arqueológico de Coahuila, famoso por sus más de 8 mil glifos labrados en cerca
    de mil rocas de diferentes tamaños, se ha mantenido, por décadas, en el más
    absoluto olvido. 

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    Ubicado a 20 kilómetros de General Cepeda, el ejido
    Narigua enfrenta condiciones adversas. Si bien el lugar tiene un potencial de
    turismo enorme, a decir de expertos y funcionarios, no hay inversión pública.
    Foto: Omar Saucedo / Vanguardia


     

    Esfuerzos aislados se han emprendido para tratar de
    dignificar esta zona. Sin embargo, tales esfuerzos no han sido suficientes para
    lograr un desarrollo sustentable de las cerca de 20 familias que, pese a las
    condiciones de pobreza en que viven, habitan el ejido del mismo nombre y su anexo:
    El Mogote.     

    Son el municipio de General Cepeda y el Instituto
    Nacional de Antropología e Historia (INAH) los que tienen bajo su
    responsabilidad la conservación y resguardo de este sitio. En él, los vestigios
    y grabados datan de 2 mil 500 años. El problema es que no hay dinero para
    infraestructura y promoción.

    Estos reclamos cobran mayor relevancia si se considera el
    potencial para el turismo que advierten especialistas en el tema.

    “En Narigua la realidad es que es poco (lo que se ha
    invertido)”, confirma Juan Salas Aguirre, el alcalde saliente de General
    Cepeda. 

    Según la versión de la profesora Gloria Ibarra Cruz, no
    se ha gastado, al menos en este año, un solo peso en la promoción del sitio
    arqueológico de Narigua, cuyo valor, coinciden arqueólogos, es equiparable al
    de las pirámides de Mesoamérica. 

    La profesora Ibarra Cruz encabeza cuatro áreas diferentes
    en General Cepeda: es directora de educación, directora de cultura, directora
    de deporte y directora de turismo. 

    “El presupuesto es muy poco para lo que deberíamos de
    ocupar, porque están a nuestro cargo zonas importantes como Narigua, las
    huellas de dinosaurios en el ejido Porvenir de Jalpa, Rincón Colorado. Para
    promocionar es muy poco. En Narigua no se ha invertido”, señala.

    Salas Aguirre, quien a finales de 2021 concluirá su
    encargo como edil de General Cepeda, detalla que durante su gestión,
    específicamente en 2019, sólo consiguió rehabilitar el pequeño puente que
    atraviesa el arroyo y conecta a El Mogote con el cerro donde se encuentran los
    petrograbados. También se realizaron labores de limpieza por medio de un
    programa de empleo temporal. 

    Solamente en esas acciones, sólo en ese año, el municipio
    erogó unos 500 mil pesos.

    “Pero no hay una inversión real”, reiteró el munícipe.

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    Sin pavimentar ni indicaciones claras. Así es el camino
    principal que conecta la carretera de General Cepeda con el sitio arqueológico
    más importante de Coahuila. El pavimento y la mano de obra para arreglar el
    camino costaría 120 millones de pesos, según el ayuntamiento, pero no cuentan
    con ese presupuesto. Foto: Omar Saucedo / Vanguardia


    Él mismo precisa que en el sitio de los petroglifos
    faltan cámaras para vigilar que no haya saqueo. Hace falta señalética y lo más
    importante, un camino adecuado para el tránsito de los habitantes y turistas de
    Narigua.

    Estima que para lograr lo anterior es necesaria una
    inversión de 120 millones de pesos. Pero el ayuntamiento asegura no estar en
    condiciones de invertir esa cantidad.

    “Es lo que, aproximadamente, cuesta pavimentar, ya sea
    con concreto asfáltico o hidráulico. El recurso en General Cepeda es muy
    limitado. No podemos invertir un recurso unilateral, siempre el INAH debe de
    intervenir con nosotros”, expuso.

    Y si el tema de los recursos municipales es difícil,
    agrega, la falta de apoyo federal también es complejo. La situación ya era
    complicada antes de la pandemia, pero desde que el virus llegó se paralizó la
    actividad económica. 

    Es decir, hasta principios de la administración federal
    actual el Centro INAH Coahuila tenía un presupuesto anual de dos millones de
    pesos para sus tareas de conservación, regulación e investigación del
    patrimonio histórico.

    Incluso invirtiendo por completo ese monto, apenas sería
    el 1.6 por ciento de lo necesario para pavimentar.  

     

    Sin presupuesto y sin plan de proyecto

    Y eso no es todo. La situación para el INAH ha ido de
    grave a peor. Los recortes presupuestales del gobierno del presidente Andrés Manuel
    López Obrador han dejado a los arqueólogos de este instituto sin viáticos para
    salidas a campo. 

    “Es que (lo de la infraestructura) debería ser función de
    nosotros, el camino es un tema que le compete al ayuntamiento, la cosa es que
    con el tema de la pandemia se retiraron todos esos recursos”, comentó José
    Francisco Aguilar Moreno, director del Centro INAH Coahuila.

    Lo de la asignación de recursos tiene que ver también,
    señala, con que Narigua no está muy cerca de la capital del país. Así es: nuevamente
    un tema de centralización.

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    “El cerro de los sueños” es donde se ubican casi todos
    los grabados. Se estima que existen más de ocho mil labrados en más de mil
    rocas. Los glifos tienen más de 2 mil 500 años.

    Foto: Omar Saucedo / Vanguardia


    Ana Isabel Pérez Gavilán, doctora en historia del arte y
    coordinadora de la maestría en promoción y desarrollo cultural del Centro de
    Estudios e Investigaciones Interdisciplinarios de la Universidad Autónoma de Coahuila,
    piensa lo mismo:

    “La historia se ha construido desde el centro. Por eso ha
    habido una desatención hacia todo lo que es del norte. Hay una historia del
    arte muy centralista a la que le cuesta mucho trabajo entender las
    manifestaciones del desierto. Incluso desde épocas muy remotas, no sólo
    virreinales, sino desde Europa, el desierto ha sido catalogado como un espacio
    donde no hay nada”.    

    Por su parte, Yuri de la Rosa Gutiérrez, arqueólogo
    adscrito al INAH Coahuila, expone que las culturas del norte, particularmente
    los cazadores-recolectores que habitaban el desierto, son tan importantes como
    los egipcios, como los Mayas de Chichenitzá, como los Mexicas de Tenochtitlán o
    como los habitantes de la monumental zona de Teotihuacán.

    A pesar de que no hicieron pirámides en esta zona, dice,
    llegaron a un grado de especialización tan avanzado viviendo en el desierto,
    que no necesitaban esas grandes construcciones para desarrollar su cultura.

    “La importancia histórica que reviste el desierto es como
    la de cualquier otra cultura a nivel universal. Pocas culturas se desarrollan a
    lo largo de miles de años y permanecen tanto tiempo como una sociedad viva.
    Estamos hablando de cinco mil, ocho mil, 10 mil años”, declaró.

    “Se dice que los Olmecas son la cultura madre y que de
    ahí vinieron todas las culturas de Mesoamérica, pues los cazadores-recolectores
    del desierto estaban miles de años antes que los Olmecas allá en el sur, ya con
    una cultura bien desarrollada y bien definida. La arqueología y las culturas
    que vivieron en esa región son tan importantes como cualquier otra”.

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    Tallados mediante la técnica de percusión (golpes con
    herramientas parecidas a martillos y cinceles), los petrograbados tienen un
    carácter religioso. Entre ellos se pueden encontrar imágenes como chamanes
    levitando, cruces solares, venados cola blanca, espirales y peyotes.

    Foto: Omar Saucedo / Vanguardia


    Por esa razón, el director general del INAH en México,
    Diego Prieto, firmó un convenio de colaboración con la Lotería Nacional y con
    otras dependencias para la expedición de un billete con la imagen de un
    petroglifo de Narigua. 

    La intención era puramente promocionar el sitio, ya que
    no había ninguna ganancia económica de por medio. 

    Rosa Alicia Lira Vázquez, como la mayoría de sus
    coterráneos en Narigua, ni se enteró.     

    En 2013, el INAH se había limitado únicamente a construir
    unos andadores adyacentes al sitio de los petroglifos.

    A pesar de la pandemia, de las malas condiciones
    enunciadas al inicio de este reportaje y la falta de promoción cultural, los
    registros de la Dirección de Turismo de General Cepeda indican que hay turistas
    de los siguientes estados: 

    Nuevo León, Chihuahua, Durango, Veracruz, Chiapas,
    Oaxaca, Ciudad de México, San Luis, Zacatecas, Querétaro, Tamaulipas, Quintana
    Roo, Guadalajara, Puebla y Sonora.

    “Todo mundo quiere ir, pero nadie le quiere invertir.
    Siempre nos echan la bolita al Instituto de Antropología, pero nadie se
    preocupa. Los únicos que se preocupan por la conservación es o la prensa o el
    INAH. Cuando pasa algo, que de repente tenemos un billete de Lotería Nacional,
    entonces sí, todo mundo se acuerda de Narigua, mientras, nadie se acuerda de
    que está ahí”, reprocha el arqueólogo Yuri de la Rosa. 

    Semanario buscó, por más de 15 días, a Azucena Ramos
    Ramos, secretaria de turismo y desarrollo de pueblos mágicos de Coahuila, para
    que hablara sobre las acciones de promoción del sitio arqueológico de
    Narigua. 

    Pero una y otra vez la funcionaria se excusó por motivos
    de agenda. 

     

    Comprar la tierra de ejidatarios, ¿una solución?

    José Francisco Aguilar Moreno, el director del Centro
    INAH Coahuila, dice que la única manera de rescatar a Narigua y convertirlo de
    sitio a zona arqueológica, es que el gobierno federal compre a los ejidatarios
    las tierras donde se ubica la mayor concentración de petroglifos.

    De esa manera, afirma, se podrían destinar recursos a un
    proyecto integral de infraestructura y conservación. La federación les ha dicho
    que sólo puede apoyar iniciativas que se lleven a cabo en terrenos que les
    pertenezcan.

    De llegar ese futuro, de darse este escenario, Narigua
    sería una zona arqueológica con todas las de la ley: baños adecuados,
    andadores, un área de recepción de visitantes, un guardabultos, etcétera.

    “Si tuviéramos recursos, otro gallo nos cantaría”, dice
    Aguilar Moreno. 

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    La única señalética con información para los turistas
    está en mal estado y algunas partes son ilegibles. No hay guías que ofrezcan
    recorridos o den explicaciones de la riqueza cultural del lugar, ni siquiera un
    lugar donde cubrirse el sol. Foto: Omar Saucedo / Vanguardia


    Hace 15 años la Comisión Nacional de las Zonas Áridas
    (Conaza) y el DIF estatal, instalaron, en colaboración con los ejidatarios del
    lugar, dos baños de fosa séptica y dos palapas con asadores. 

    Todo esto muy cerca del cerro de petrograbados. Dicha
    obra, a decir de la gente de Narigua, vino a aliviar un poco las carencias,
    pero al director del Centro INAH Coahuila no termina de gustarle la idea.

    “Yo estoy en contra de que haya asadores en una zona
    arqueológica, porque genera basura”, sentencia Aguilar Moreno. 

    Situado a unos 40 kilómetros de Saltillo y a 20 de
    General Cepeda, Narigua, fundado el 1 de mayo de 1937, es un pueblo donde
    habitan cerca de 20 familias. 

    Todas viven de la crianza de cabras y vacas, de la
    elaboración de quesos, de la talla de lechuguilla y, cuando llueve, de la
    siembra de maíz, frijol y forraje, pero nunca del turismo, aunque cuenten con
    un patrimonio histórico y cultural que son los petrograbados del cerro conocido
    como “de los sueños”.   

    Lo mismo que en otros ejidos del semidesierto, la mayoría
    de los habitantes de Narigua, sobre todo los jóvenes, ha salido a buscarse la
    vida por otro lado.

    “Hemos pasado de la autosuficiencia a la dependencia
    alimentaria. En lugar de exportar alimentos, como antaño lo hacíamos,
    exportamos migrantes en busca del sueño americano”, recrimina Homero Briones
    Amaya, profesor investigador de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro
    (UAAAN), adscrito al departamento de Extensión Agropecuaria.

    Cuando Francisco Dávila Ramos, otrora líder del Grupo
    Interdisciplinario para el Desarrollo del Semidesierto Coahuilense de la UAAAN,
    llegó a Narigua en 2006, llevando un programa de desarrollo denominado de
    Economía Solidaria, no encontró en el sitio arqueológico ni un cobertizo donde
    atajarse el sol. 

    “La gente nada más ve que no hay dónde ir a orinar y dice
    ‘no’. Y luego con el solazo que hace aquí… No hay ni un árbol donde se pueda
    esconder alguien. Los sanitarios están mal, muy mal, porque no les dan
    mantenimiento”, comentó el académico. 

    Lo dice por experiencia. En varias ocasiones le tocó ver
    camiones llenos de niños que terminaban decepcionados. Sin un lugar dónde
    descansar, dónde comer, dónde ir al baño. Por eso responsabiliza al municipio y
    al INAH de no emprender acciones tangibles.  

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    Las mujeres fueron quienes más se involucraron en el
    programa de desarrollo económico, participando en la elaboración de mercancía
    como playeras, gorras y artesanías con los glifos. Se les conoció como “La
    esperanza de Narigua”. Foto: Homero Briones / Cortesía


    El proyecto en el que participaban varios profesores de
    la Narro tenía la encomienda de empoderar a los campesinos mediante la
    explotación de una capacidad creciente de autogestión. Eso con el fin de que
    fueran impulsores de su desarrollo, “que los empresarios fueran los mismos
    campesinos, sin estar esperando que vaya a llegar el gobierno o la universidad
    a ayudarles”, explica el arquitecto Dávila.  

    El primer paso era concientizar a los pobladores sobre el
    valor del sitio arqueológico que poseían. En segundo lugar enseñarlos a
    cuidarlo, aprovecharlo y administrarlo adecuadamente, a partir de la creación
    de una organización que se hiciera cargo del resguardo y protección de ese
    patrimonio.

    Después deberían ser capaces de sobrevivir cobrando una
    cuota módica a los turistas y plasmando las figuras de los petrograbados en
    diferentes artículos de tela, madera, vidrio, piedra y cartón para su venta.

    “Todos estos trabajos se han enfocado a que la gente se
    organice, aproveche ese patrimonio y tenga elementos productivos para
    sostenerse, porque no puedes ser un custodio o un guardián de ese patrimonio
    histórico sin tener elementos que te ayuden a vivir bien”, añade Dávila Ramos.

    Los letreros que todavía persisten en el sitio
    arqueológico los puso el mismo arquitecto, con ayuda de estudiantes y la
    asesoría de un historiador y un arqueólogo.

    “Servían para responder las preguntas que hacía la gente,
    ‘bueno y ¿qué significa eso o por qué acá está lleno de estrellas y acá de
    gusanos?”, complementó.

    María Angélica Lira Vázquez, nacida en Narigua, había
    contemplado desde niña esas extrañas piedras en el cerro que tenían dibujos
    encima, pero desconocía su significado, hasta que “vino uno que sabía más que
    nosotros y nos dijo que era de los antepasados. Que aquí era tierra de indios”,
    contó la mujer.

     

    “La esperanza”, una idea que no prosperó

    Los profesores formaron entonces un grupo de mujeres
    llamado “La esperanza de Narigua”, que se dedicaba, entre otras actividades, a
    pintar playeras, gorras y artesanías con los glifos pintados en las rocas por
    los antiguos.      

    Estos objetos eran vendidos a los turistas que solían ir
    de excursión al sitio arqueológico, toda vez que la gente de Narigua cobraba
    una cuota, de entre 15 y 25 pesos, a los estudiantes y público en general por
    entrar a admirar los petrograbados.

    “Hicimos una investigación de los recursos naturales que
    tenían. Nos dimos cuenta de que no valoraban el patrimonio cultural que
    poseían. Para ellos eran piedras comunes y corrientes y por lo tanto no las
    cuidaban”, narró Homero Briones, el maestro investigador de la Narro.

    A la postre, las mujeres de Narigua establecieron una
    tienda de artesanía dentro de unos locales en ruinas, propiedad del ejido. Esos
    locales luego fueron remodelados por una bienhechora originaria del pueblo que
    vive en Estados Unidos.

    Al mismo tiempo preparaban y vendían comida para los
    paseantes. Pero las rencillas entre los pobladores de Narigua y su anexo El
    Mogote, echaron por tierra el sueño de las mujeres de la “Esperanza”. 

    Los lugareños de El Mogote se hicieron con el usufructo
    del sitio arqueológico y Germán Ramírez, el anterior comisariado del pueblo,
    mandó cambiar las chapas de la puerta de la tienda de artesanías, para impedir
    que las mujeres entraran a elaborar y comercializar sus productos. 

    “Nosotros de la zona arqueológica no nos beneficiamos en
    nada, porque siempre en el ejido hay problemas. Aquí nada más son dos familias
    las que se benefician, que son del otro ranchito”, dijo Martha Galindo Jasso,
    una de las pocas integrantes que aún quedan de “La esperanza”.

    Además de la insuficiencia de infraestructura, Narigua,
    que está registrado como sitio arqueológico ante el INAH desde los años 80, se
    ha visto afectado, a través del tiempo, por el saqueo reiterado de su
    patrimonio cultural.

    Se trata de petroglifos y otros artefactos, como puntas
    de flecha, fabricados por los antiguos nómadas que durante más de 10 mil años
    recorrieron este desierto.

    “Si uno se va a caminar alrededor del cerro, ya no va a
    encontrar chuzos, no va a encontrar lascas, no va a encontrar nada, porque por
    décadas han venido grupos de visitantes que van y se llevan un recuerdo. Algo
    que implica un saqueo hormiga”, explica Laura Cristina Martínez García, maestra
    investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UAdeC.

    Una vez que los artefactos han sido movidos de su sitio
    poseen ya muy poca información que facilite a un arqueólogo trabajar para
    contar la historia de los grupos que estuvieron ahí.

    Al respecto, el arqueólogo Yuri de la Rosa comenta que
    por las características de los vestigios arqueológicos en el desierto y la
    extensión de los mismos, es un tanto difícil la conservación.

    “No podemos poner un policía en cada roca”, suelta.

    En cambio, el INAH le ha apostado, desde hace más de 15
    años, a educar a la gente, para que sepa que esos vestigios arqueológicos son
    importantes, 

    “Que se cuiden porque ya no tenemos nativos que nos
    vuelvan a hacer pinturas, grabados, flechas, lanzas, buriles, cuentas y todos
    esos geoglifos”, remata Rufino Rodríguez Garza, aficionado a la prehistoria y a
    la arqueología.

    Elisa María Siller García, directora de Bemotion, una
    empresa dedicada al turismo de negocios, revela que actualmente existe un
    boom
    turístico derivado de la necesidad de la gente de salir, tras el encierro
    por la pandemia.

    “Hay que prepararnos para la demanda que viene. Estábamos
    preparados para las épocas vacacionales nada más”, expone. “Ahora ya no hay
    picos, ahora el flujo de turistas es continuo. Y mientras esté la pandemia creo
    que va a ser así. La gente no trae lana para viajar muy lejos, viaja y viaja
    corto y hay que aprovechar”.

    Pero mientras los conflictos ejidales, mientras las
    autoridades municipales, estatales y federales no se comprometan a destinar
    recursos que permitan impulsar a Narigua como un lugar turístico con
    condiciones dignas, ocurrirá lo que ha pasado a la fecha. Personas que llegan,
    miran el cerro, miran alrededor y se decepcionan.

     

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    Jesús Peña
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