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viernes, 19 junio 2026
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    Reportaje: El demonio de todos

    La historia de Javier, el niño
    asesino de Monclova que pone en evidencia el fracaso de la reinserción social
    que debería implementar el sistema de justicia en Coahuila. A 5 años de cometer
    el homicidio de Diana, una niña de once años, “El Demonio”, como lo llaman en
    su barrio, lleva 12 detenciones posteriores por robo, drogas y agresiones.

     

    Por Jesús Peña //Semanario Vanguardia

    Fotos: Omar Saucedo

     

    Sobre la barda de una
    cancha en una sucia plaza de la colonia Guerrero, en Monclova, resalta un
    grafiti que dice “Payasos locos”. Enseguida está el dibujo de un arlequín
    tirando de un churro de mariguana. Es la placa de los BPL, (Barrio Payasos
    Locos), la pandilla del rumbo, integrada por hombres de entre 27 y 37 años con
    la que Javier solía juntarse desde que tenía 11 años o tal vez menos.


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    En esa “familia”, su
    otra “familia”, a Javier lo habían instruido en el abuso temprano de drogas,
    enseñado a manejar la navaja y, según declaró en la Entrevista de Evaluación de
    Riesgos, realizada por la Unidad de Medidas Cautelares de Adolescentes (UMECA),
    a disparar un arma de fuego. 

    Entre 2013 y 2014.
    cuando Javier tenía entre 10 y 11 años, ya había acumulado una decena de
    ingresos a los separos de la cárcel municipal de Monclova, por inhalar resistol
    en vía pública, pelearse en la calle y por petición familiar.

    Y había sido expulsado
    de la primaria, justo cuando cursaba el sexto grado, a causa de su constante
    indisciplina, faltas y consumo de drogas.

    A Javier, quien vivía
    en una familia donde había una madre, una media hermana menor y un padrastro,
    en una cuadra sin asfaltar de la colonia Lucrecia Solano, no le interesaba el
    futbol, como a la mayoría de los críos de su edad. Tampoco las clases de
    guitarra, como a otros de sus iguales que asistían a la Casa Meced del DIF
    Monclova, la misma a la que Javier iba eventualmente para estudiar la primaria
    abierta, que, por cierto, en ese tiempo no terminó.   

    Le decían “El Demonio”.
    Sus vecinos del sector Guerrero, coinciden en que Javier, aquel niño delgadito,
    espigado, tez morena, cabello negro, corto y erizo, que le gustaba vestir
    pantalón y playera tumbados y reunirse en las esquinas con sus “camaradas” del
    barrio, tenía bien ganada esa fama. 

    Aun así, a la gente de
    la Guerrero, un sector localizado al oriente de Monclova, catalogado como
    conflictivo, dada la presencia de pandillas y drogas, les extrañó enterarse de
    una noticia que conmocionó a la ciudad.


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    La mañana del 21 de
    abril de 2016 Javier Oleguiver Hernández Zúñiga, de 13 años, asesinó de 31
    puñaladas en el cuello a Diana Lizeth Ramírez Estrada, de 11 años de edad. Una
    niña con la que, según declaró en su denuncia la madre de la menor (expediente
    02124/UIADO/2016), Javier sostenía una relación de noviazgo.

    Tras su detención por
    agentes de la Policía Preventiva Municipal de Monclova y de la Policía
    Investigadora del Estado, Javier Oleguiver dijo en su presentación ante las
    autoridades ministeriales que el día de su crimen había ingerido bebidas
    alcohólicas y consumido drogas.

    La Entrevista de
    Evaluación de Riesgos, realizada meses después por la Unidad de Medidas
    Cautelares de Adolescentes (UMECA), adscrita a la Secretaría de Seguridad
    Pública de Coahuila, reveló que Javier, quien se inició en el consumo de
    Resistol 5000 desde los 11 años y continuó con cerveza, vino, tabaco, mariguana
    y, a últimas fechas, pastillas psicotrópicas, cocaína y cristal, acostumbraba
    combinar de tres a cuatro drogas en un solo consumo.


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    Según la opinión de la
    criminóloga, Daniela Hernández Ruiz, asistente de la organización Documenta
    A.C. en Saltillo, al momento de cometer su delito Javier pudo haber
    experimentado un brote psicótico (ruptura abrupta de la realidad de forma
    temporal), agravado por el consumo de sustancias, 

    Por su parte, Juan
    Jesús Arriaga Guevara, licenciado en criminología con más de 35 años de
    experiencia, piensa que Javier muestra los claros síntomas de una personalidad
    sociópata. 

    Esta se caracteriza,
    entre otros rasgos, por la ausencia de remordimiento, falta de respeto hacia
    las figuras de autoridad y las leyes, impulsividad, conducta errática,
    inestabilidad emocional, carencia de empatía hacia los demás, Inclinación hacia
    la violencia, escasa tolerancia a la frustración e incapacidad de asumir la
    responsabilidad de sus actos.

    “Es un joven que nació
    en un ambiente de pobreza, desintegración familiar. No tuvo una figura de
    autoridad que lo guiara, no lo querían en la escuela, su mismo apodo revelaba
    que lo veían como un demonio. No tenía alguien que le pusiera límites, que le
    dijera que su conducta estaba mal. Le faltaba afecto, el apego, el amor, el
    cariño, esos son sociópatas. La misma sociedad lo fue haciendo un sociópata”.

    La criminóloga
    Hernández Ruiz, advierte que el desorden de personalidad antisocial, como es
    conocida la sociopatía, no puede ser diagnosticada con certeza en la niñez
    cuando su personalidad apenas está en formación.

    La Fracción lll del
    Artículo 109 de la Ley de Justicia para  Adolescentes del Estado de
    Coahuila, dice, en términos llanos, que Javier, por tener 13 años, no puede ser
    privado de la libertad. 

    Por eso el juez de la
    causa concedió al niño Javier Oleguiver Hernández Zúñiga, quien fue acusado de
    cometer feminicidio en contra de la menor Diana Lizeth Ramírez Estrada, una
    “medida cautelar de carácter personal, consistente en la obligación de
    someterse al cuidado o vigilancia de una persona o institución determinada que
    informe regularmente al juez o a la autoridad que designe”.

    Así se lee en el
    documento correspondiente a la causa penal número 151 / 2016 – A-6-JO. Es
    decir, que el juez lo dejó en libertad, porque así lo estipula la Ley.


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    Casa donde Diana fue asesinada

    En mayo de 2016 Javier
    ingresó voluntariamente al Centro Estatal de Salud Mental (Cesame) en Saltillo,
    la institución que se encargaría de su contención, evaluación y seguimiento.

    Un psiquiatra, ex
    empleado del Cesame, que conoció de cerca a Javier, resume su historia así:

    Un niño que viene de
    una familia disfuncional de clase social baja, con problemas de aprendizaje o
    de conducta en la primaria, con déficit de atención, hiperactivo, impulsivo.

    Una madre que tiene que
    salir a trabajar y cambiar de turno y que no puede resolver los problemas de
    conducta del niño, que nunca fue canalizado a ningún sistema de salud por su
    comportamiento. 

    Hay abuso de drogas a
    su corta edad, abandono escolar a edad temprana, vagancia, se dedica a jugar en
    la calle. 

    Épocas difíciles en las
    que se asocia con el crimen organizado que lo utiliza como halcón.

    “Él cometió el
    homicidio, pero es la sociedad quien los está ejecutando de forma indirecta”,
    dice el especialista.

    El juez había ordenado
    a Javier, como medida de sanción, además del tratamiento psicológico,
    permanecer en su domicilio y concluir su educación básica.

    “Para nosotros es un
    caso que concluye, cuando menos, en lo legal. Desafortunadamente hay una
    jovencita fallecida”, lamenta Rodrigo Chairez, delegado de la Fiscalía General
    de Justicia en la Región Centro de Coahuila.

    Cuestionado sobre si la
    Fiscalía ha realizado algún tipo de seguimiento de Javier, Chairez respondió
    que esta dependencia se ha mantenido a la expectativa, dados sus antecedentes.

    “Hemos estado al pendiente,
    pero ya por una función social al haber terminado nuestra función…”:

    Cuatro meses después de
    aquel asesinato y mientras Javier se hallaba internado en el Cesame, la Unidad
    de Medidas Cautelares de Adolescentes realizó un Dictamen Técnico donde se analizaban
    los riesgos de que el menor siguiera en libertad su proceso penal.


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    Dictamen de Javier


    En dicho dictamen la
    UMECA sugería al juez que Javier:

    “Sea ingresado al
    Centro de Internación, Diagnóstico y Tratamiento para Adolescentes Varonil de
    Saltillo”, donde se le brindaría atención psicológica en forma individual y
    grupal; rehabilitación a su problema de consumo de drogas; continuaría con el
    tratamiento psiquiátrico que tenía en el Cesame, esto bajo la vigilancia de
    personal médico y enfermería. Además se inscribiría en el Sistema Educativo
    Nacional para seguir con sus estudios de primaria y tendría la oportunidad de
    capacitarse laboralmente e integrarse a las actividades deportivas, culturales
    y recreativas del Centro. Pero esto no sucedió.    

    De acuerdo con la
    Entrevista de Evaluación de Riesgos, realizada por la UMECA a Javier en el
    Cesame, el niño continuaba con problemas de autocontrol.

    “Pudo haber sido
    estabilizado en los diferentes diagnósticos, pero la poca red de apoyo, el poco
    acceso a un nivel de salud, a un tratamiento, a un seguimiento, no le ayudó. No
    hay una continuidad. La madre siempre estuvo al pendiente de él. Una madre
    preocupada, angustiada por su hijo sin saber qué hacer con él, queriendo estar
    cuidándolo, nunca lo abandonó”, dice un especialista en psiquiatría que laboró
    en este nosocomio en aquel tiempo.  

    Fuentes cercanas al
    caso aseguran que la estancia de Javier en el Centro de Salud Mental pudo haber
    durado algo así como un año o un poco más, sin que Semanario haya podido
    confirmarlo debido a la secrecía de los datos. 

     

    JAVIER BUSCÓ AYUDA
    ANTES

    Luego de ser expulsado
    de la escuela, justo cuando cursaba el sexto grado, Javier buscó ayuda en la
    Casa Meced, un centro educativo para niños, adolescentes y adultos, asignado al
    DIF Monclova, a fin de terminar su primaria en el sistema abierto.

    Javier era un alumno
    que faltaba a clase con frecuencia y llegaba tarde.

    Jamás mostró una
    conducta agresiva hacia sus maestros y compañeros, pero le gustaba rayar los
    bancos y paredes del salón. 

    “La verdad que sí nos
    sorprendió mucho cuando cometió este ilícito”, dice Virginia Elena Garza Díaz,
    directora de Casa Meced

    La estadía de Javier en
    este

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    Jesús Peña
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