La historia de Javier, el niño
asesino de Monclova que pone en evidencia el fracaso de la reinserción social
que debería implementar el sistema de justicia en Coahuila. A 5 años de cometer
el homicidio de Diana, una niña de once años, “El Demonio”, como lo llaman en
su barrio, lleva 12 detenciones posteriores por robo, drogas y agresiones.
Por Jesús Peña //Semanario Vanguardia
Fotos: Omar Saucedo
Sobre la barda de una
cancha en una sucia plaza de la colonia Guerrero, en Monclova, resalta un
grafiti que dice “Payasos locos”. Enseguida está el dibujo de un arlequín
tirando de un churro de mariguana. Es la placa de los BPL, (Barrio Payasos
Locos), la pandilla del rumbo, integrada por hombres de entre 27 y 37 años con
la que Javier solía juntarse desde que tenía 11 años o tal vez menos.
En esa “familia”, su
otra “familia”, a Javier lo habían instruido en el abuso temprano de drogas,
enseñado a manejar la navaja y, según declaró en la Entrevista de Evaluación de
Riesgos, realizada por la Unidad de Medidas Cautelares de Adolescentes (UMECA),
a disparar un arma de fuego.
Entre 2013 y 2014.
cuando Javier tenía entre 10 y 11 años, ya había acumulado una decena de
ingresos a los separos de la cárcel municipal de Monclova, por inhalar resistol
en vía pública, pelearse en la calle y por petición familiar.
Y había sido expulsado
de la primaria, justo cuando cursaba el sexto grado, a causa de su constante
indisciplina, faltas y consumo de drogas.
A Javier, quien vivía
en una familia donde había una madre, una media hermana menor y un padrastro,
en una cuadra sin asfaltar de la colonia Lucrecia Solano, no le interesaba el
futbol, como a la mayoría de los críos de su edad. Tampoco las clases de
guitarra, como a otros de sus iguales que asistían a la Casa Meced del DIF
Monclova, la misma a la que Javier iba eventualmente para estudiar la primaria
abierta, que, por cierto, en ese tiempo no terminó.
Le decían “El Demonio”.
Sus vecinos del sector Guerrero, coinciden en que Javier, aquel niño delgadito,
espigado, tez morena, cabello negro, corto y erizo, que le gustaba vestir
pantalón y playera tumbados y reunirse en las esquinas con sus “camaradas” del
barrio, tenía bien ganada esa fama.
Aun así, a la gente de
la Guerrero, un sector localizado al oriente de Monclova, catalogado como
conflictivo, dada la presencia de pandillas y drogas, les extrañó enterarse de
una noticia que conmocionó a la ciudad.

La mañana del 21 de
abril de 2016 Javier Oleguiver Hernández Zúñiga, de 13 años, asesinó de 31
puñaladas en el cuello a Diana Lizeth Ramírez Estrada, de 11 años de edad. Una
niña con la que, según declaró en su denuncia la madre de la menor (expediente
02124/UIADO/2016), Javier sostenía una relación de noviazgo.
Tras su detención por
agentes de la Policía Preventiva Municipal de Monclova y de la Policía
Investigadora del Estado, Javier Oleguiver dijo en su presentación ante las
autoridades ministeriales que el día de su crimen había ingerido bebidas
alcohólicas y consumido drogas.
La Entrevista de
Evaluación de Riesgos, realizada meses después por la Unidad de Medidas
Cautelares de Adolescentes (UMECA), adscrita a la Secretaría de Seguridad
Pública de Coahuila, reveló que Javier, quien se inició en el consumo de
Resistol 5000 desde los 11 años y continuó con cerveza, vino, tabaco, mariguana
y, a últimas fechas, pastillas psicotrópicas, cocaína y cristal, acostumbraba
combinar de tres a cuatro drogas en un solo consumo.

Según la opinión de la
criminóloga, Daniela Hernández Ruiz, asistente de la organización Documenta
A.C. en Saltillo, al momento de cometer su delito Javier pudo haber
experimentado un brote psicótico (ruptura abrupta de la realidad de forma
temporal), agravado por el consumo de sustancias,
Por su parte, Juan
Jesús Arriaga Guevara, licenciado en criminología con más de 35 años de
experiencia, piensa que Javier muestra los claros síntomas de una personalidad
sociópata.
Esta se caracteriza,
entre otros rasgos, por la ausencia de remordimiento, falta de respeto hacia
las figuras de autoridad y las leyes, impulsividad, conducta errática,
inestabilidad emocional, carencia de empatía hacia los demás, Inclinación hacia
la violencia, escasa tolerancia a la frustración e incapacidad de asumir la
responsabilidad de sus actos.
“Es un joven que nació
en un ambiente de pobreza, desintegración familiar. No tuvo una figura de
autoridad que lo guiara, no lo querían en la escuela, su mismo apodo revelaba
que lo veían como un demonio. No tenía alguien que le pusiera límites, que le
dijera que su conducta estaba mal. Le faltaba afecto, el apego, el amor, el
cariño, esos son sociópatas. La misma sociedad lo fue haciendo un sociópata”.
La criminóloga
Hernández Ruiz, advierte que el desorden de personalidad antisocial, como es
conocida la sociopatía, no puede ser diagnosticada con certeza en la niñez
cuando su personalidad apenas está en formación.
La Fracción lll del
Artículo 109 de la Ley de Justicia para Adolescentes del Estado de
Coahuila, dice, en términos llanos, que Javier, por tener 13 años, no puede ser
privado de la libertad.
Por eso el juez de la
causa concedió al niño Javier Oleguiver Hernández Zúñiga, quien fue acusado de
cometer feminicidio en contra de la menor Diana Lizeth Ramírez Estrada, una
“medida cautelar de carácter personal, consistente en la obligación de
someterse al cuidado o vigilancia de una persona o institución determinada que
informe regularmente al juez o a la autoridad que designe”.
Así se lee en el
documento correspondiente a la causa penal número 151 / 2016 – A-6-JO. Es
decir, que el juez lo dejó en libertad, porque así lo estipula la Ley.
Casa donde Diana fue asesinada
En mayo de 2016 Javier
ingresó voluntariamente al Centro Estatal de Salud Mental (Cesame) en Saltillo,
la institución que se encargaría de su contención, evaluación y seguimiento.
Un psiquiatra, ex
empleado del Cesame, que conoció de cerca a Javier, resume su historia así:
Un niño que viene de
una familia disfuncional de clase social baja, con problemas de aprendizaje o
de conducta en la primaria, con déficit de atención, hiperactivo, impulsivo.
Una madre que tiene que
salir a trabajar y cambiar de turno y que no puede resolver los problemas de
conducta del niño, que nunca fue canalizado a ningún sistema de salud por su
comportamiento.
Hay abuso de drogas a
su corta edad, abandono escolar a edad temprana, vagancia, se dedica a jugar en
la calle.
Épocas difíciles en las
que se asocia con el crimen organizado que lo utiliza como halcón.
“Él cometió el
homicidio, pero es la sociedad quien los está ejecutando de forma indirecta”,
dice el especialista.
El juez había ordenado
a Javier, como medida de sanción, además del tratamiento psicológico,
permanecer en su domicilio y concluir su educación básica.
“Para nosotros es un
caso que concluye, cuando menos, en lo legal. Desafortunadamente hay una
jovencita fallecida”, lamenta Rodrigo Chairez, delegado de la Fiscalía General
de Justicia en la Región Centro de Coahuila.
Cuestionado sobre si la
Fiscalía ha realizado algún tipo de seguimiento de Javier, Chairez respondió
que esta dependencia se ha mantenido a la expectativa, dados sus antecedentes.
“Hemos estado al pendiente,
pero ya por una función social al haber terminado nuestra función…”:
Cuatro meses después de
aquel asesinato y mientras Javier se hallaba internado en el Cesame, la Unidad
de Medidas Cautelares de Adolescentes realizó un Dictamen Técnico donde se analizaban
los riesgos de que el menor siguiera en libertad su proceso penal.

Dictamen de Javier
En dicho dictamen la
UMECA sugería al juez que Javier:
“Sea ingresado al
Centro de Internación, Diagnóstico y Tratamiento para Adolescentes Varonil de
Saltillo”, donde se le brindaría atención psicológica en forma individual y
grupal; rehabilitación a su problema de consumo de drogas; continuaría con el
tratamiento psiquiátrico que tenía en el Cesame, esto bajo la vigilancia de
personal médico y enfermería. Además se inscribiría en el Sistema Educativo
Nacional para seguir con sus estudios de primaria y tendría la oportunidad de
capacitarse laboralmente e integrarse a las actividades deportivas, culturales
y recreativas del Centro. Pero esto no sucedió.
De acuerdo con la
Entrevista de Evaluación de Riesgos, realizada por la UMECA a Javier en el
Cesame, el niño continuaba con problemas de autocontrol.
“Pudo haber sido
estabilizado en los diferentes diagnósticos, pero la poca red de apoyo, el poco
acceso a un nivel de salud, a un tratamiento, a un seguimiento, no le ayudó. No
hay una continuidad. La madre siempre estuvo al pendiente de él. Una madre
preocupada, angustiada por su hijo sin saber qué hacer con él, queriendo estar
cuidándolo, nunca lo abandonó”, dice un especialista en psiquiatría que laboró
en este nosocomio en aquel tiempo.
Fuentes cercanas al
caso aseguran que la estancia de Javier en el Centro de Salud Mental pudo haber
durado algo así como un año o un poco más, sin que Semanario haya podido
confirmarlo debido a la secrecía de los datos.
JAVIER BUSCÓ AYUDA
ANTES
Luego de ser expulsado
de la escuela, justo cuando cursaba el sexto grado, Javier buscó ayuda en la
Casa Meced, un centro educativo para niños, adolescentes y adultos, asignado al
DIF Monclova, a fin de terminar su primaria en el sistema abierto.
Javier era un alumno
que faltaba a clase con frecuencia y llegaba tarde.
Jamás mostró una
conducta agresiva hacia sus maestros y compañeros, pero le gustaba rayar los
bancos y paredes del salón.
“La verdad que sí nos
sorprendió mucho cuando cometió este ilícito”, dice Virginia Elena Garza Díaz,
directora de Casa Meced
La estadía de Javier en
este

