«El tamaño de la crítica debe ser del tamaño del reto al que se
refiere»
–A. Bartra
Dice Armando Bartra que fue la fase pos-revolucionaria de la
Tercera Transformación de México* en los años 20s del siglo pasado, la que hizo
posible no solo el cambio de gobierno, de Porfirio Díaz a Madero, sino un
verdadero cambio de régimen. Esta segunda fase, sigue Bartra, fue impulsada y
llevada a cabo por las movilizaciones masivas de la sociedad mexicana y
expresada en un gran abanico de aguerridos movimientos sociales con bases
populares que supieron y pudieron presionar a los gobiernos pos-revolucionarios
—ya que eran más bien tibios para el cambio social— lo suficiente como para no
regresar al oscuro pasado de donde se venía: la dictadura de los científicos
porfiristas.
Así la revolución mexicana, o Tercera Transformación,
estaría dividida en dos tiempos, ambos completamente necesarios para que toda
esa fuerza que explotó en la primera etapa —el conflicto armado y el choque de
fuerza bélica del pueblo contra el ejército— pudiera completarse, con todo y
sus asegunes, posteriormente.
Bartra también menciona a la guerra cristera como la
posibilidad real de un retroceso histórico incluso más lejano que el propio
porfiriato, y rescata su tesis diciendo que de no haber sido por el contrapeso
social-popular-democrático radical, materializado en un sin fin de actos al
mismo tiempo audaces y con una idea de futuro (formación de sindicatos, de
cooperativas campesinas e industriales, de congresos de mujeres, tomas de tierra,
luchas estudiantiles, etc.), es probable que hubiéramos terminado el proceso
revolucionario peor que como lo empezamos. Piénsese para nuestro presente la
reunión de una parte de la clase política nacional opositora —esencialmente el
PAN— con los representantes de los reyes católicos, Vox, y lo que ese grupo
está dispuesto a hacer con el país si no existe una ruta a seguir que vaya en
la dirección contraria.
En la versión de la historia de Bartra quedarían,
temporalmente, en la primera fase revolucionaria los liderazgos de Villa y
Zapata (por mencionar los más recordados), asesinados ambos por el mismo
fantasma —que no era comunista—, no hay que olvidarlo; y conformaría la segunda
fase, creada por el impulso de los ejércitos emanados del pueblo que se enfrentaron
a todo el aparato militar del Estado mexicano, la colectivización y
organización política de aquella primera.
En esta segunda fase la voluntad o espíritu revolucionario
se expresaría de una manera menos bélica y mucho más anónima, o menos fetichizada,
que la primera. Y aquí es donde se pudiera plantear la siguiente transferencia
(tipo Freud) o paralelismo con el período histórico que nos está tocando vivir.
La primera fase de la Cuarta Transformación mexicana,
utilizando esta escala de tiempo, equivalente a la etapa bélica y de
enfrentamiento armado de la Tercera Transformación —y esto ya no es opinión de
Bartra—, vendría siendo el camino recorrido por las generaciones en lucha desde
los años sesenta (especialmente 1968) hasta la victoria electoral de López
Obrador en 2018; habiendo recorrido y sobrevivido, obviamente, las grandes
batallas del ’88, el ’94 y el 2006. Quizá la fundación del partido político
Morena y la campaña (morenista o no) que llevó a López Obrador a la presidencia
sería equivalente al proceso constituyente de 1917 y su conclusión, ya que pone
fin, al menos formalmente, a ciertas posiciones de lucha, así como de formas
para lograr las metas que se fueron construyendo a lo largo del olor a pólvora
y el correr de la sangre en ambos tiempos, desgraciadamente.
Resumiendo, para la Tercera Transformación el punto de
quiebre sería la consolidación de las demandas revolucionarias incorporadas en
la Constitución del 17, mientras que el punto de quiebre para la Cuarta
Transformación sería la llegada al poder por medio del voto de una persona
reconocida legítimamente como representante de las mayorías populares de
México.
Si lo aquí planteado no les raspa los oídos ni los ojos y a
buen juzgar tiene algo de sentido, y si la historia, en efecto, tiende a
parecerse inmensidades sin ser nunca la misma, ahora mismo estaríamos en el
tercer año del segundo período de la Cuarta Transformación histórica de México,
y se necesitaría —obviamente sin repetir ni querer imitar a escala lo que
sucedió en los años 20s— el mismo espíritu de lucha y de proyecto de futuro por
parte de las masas del país. La pelea por cada definición y espacio, así como
no ceder ni un palo de terreno frente a la desmovilización se vuelve
fundamental.
Si esto no pasara, concluye Bartra, si no existe o no se
logra formar ni consolidar una dinámica de empuje a nivel nacional y en
general, casi será inevitable que solo se haya logrado cambiar de gobierno y no
de régimen.
Está bueno.
(*) Se refiere a la conceptualización histórica de López
Obrador (¿es original de él?) sobre las cuatro transformaciones históricas de
México (todas siendo procesos y no eventos específicos): (1) Independencia, (2)
Reforma, (3) Revolución y (4) 4T.
Autor Txus
El autor es sociólogo y filósofo por Pitzer College
Twitter: @el_tux


