El COVID-19 se instaló en la familia, nos arrebató la
tranquilidad, pero sobrevivimos. ¿Luego qué?, ¿cómo retomas tu vida cuando
vences al virus que tiene al mundo roto y desencajado?
Pensar que te vas a morir
En una habitación desordenada, cuartel contra delirios y
tempestades, durante la víspera de invierno: la muerte viene a visitarnos.
Sigilosa, alejada de cortejos febriles, desvestida de profecías oscuras.
El sol del martes 3 de noviembre entra adormilado por la
ventana. Los cantos de ufana tranquilidad de las aves se sincronizan en mi
pecho con un himno militar marcado por el corazón en taquicardia: 110… 120…
135 pulsaciones por minuto.
Son las 7:37 de la mañana. El cuerpo insomne de Elizabeth
tiembla. De pronto suena su teléfono. Nos miramos. Pasamos saliva. Y antes de
leer el mensaje decimos que si todo va bien, esta noche iremos al Cerdo de
Babel a beber cerveza, platicar con amigos y maldecir la pandemia.
La pantalla nos desencaja: rompe algo, rompe todo y nos
quedamos en silencio: Ella da positivo a COVID-19.
En la cama hay un llanto espontáneo y
descontrolado. Intento abrazarla, pero me detiene con voz ahogada porque
no quiere contagiarme. Tal vez tiene razón. Nos confiamos. Convivimos con
una persona que dio positivo el lunes 26 de octubre: un caballo de troya. Nos
encerramos el martes 27. Aprendimos a usar el termómetro digital y el oxímetro:
todas con lecturas normales.
Pensé que la pandemia estaba lejos: que sus garras
verdaderamente mortales estaban en otros países, en otras ciudades, en otras
familias. Pero de pronto lo único que piensas es que te vas a morir.
Un día antes, el 2 de noviembre de 2020, la Secretaría de
Salud Federal anunció 933 mil 155 contagios acumulados desde el 27 de febrero;
91 mil 100 defunciones; 28 mil 51 casos activos y 387 mil 420 personas
recuperadas.
Los números así son difusos, incuantificables e
irrelevantes para quien tiene a la muerte cerquita, acurrucada en la cama, metida
en los pulmones.
Entonces ocurre. Otro mensaje. 9:32 de la mañana. Mis
resultados son negativos. Me siento indestructible, inmortal y soy tan egoísta
que sonrío con liviandad y lo digo en voz alta, desatando nuevamente el
llanto.
Llamo a mamá para contarle. Mientras llora y me culpa por
no cuidarme, Nami y Chubi, nuestras perras, van de aquí para allá como si nada,
lamiendo y jugando sin darse cuenta de que son la poca normalidad que nos
queda.
Pedimos por Rappi un colchón inflable de Walmart que está
en oferta (267 pesos en vez de 534) y reorganizamos nuestra guarida, nuestro
cuartel contra delirios y tempestades. El plan es que yo finja comodidad en la
nueva adquisición que pondremos en una base de madera. Eliza descansa en el
colchón queen size puesto sobre el suelo.
Bromeo con que será como ir a un mal día de campo, sin
saber que en pocos días no tendría fuerza suficiente para levantarme y estaría
conectado las 24 horas a un concentrador de oxígeno. Ella, luchando con sus
propias dolencias, pasaría varias noches sin dormir cuidando que no me muriera,
llorando en silencio, pidiéndole a cualquier dios que nos sacara de esto lo más
rápido posible, intentando a su vez no dejarse caer.
Así inició la pesadilla más grande de nuestras vidas. Y
sí, el inicio de esta crónica es pantanosa, porque cada quién vive el COVID-19
a su manera y aunque en total la penuria duró dos meses, para nosotros fue como
un día bochornoso cuyas horas se alargaban eternamente sin llegar al final
mortífero previamente anunciado.

Un día antes, el 2 de noviembre de 2020, la Secretaría de
Salud Federal anunció 933 mil 155 contagios acumulados desde el 27 de
febrero.
El último Pollo loco
Eliza comienza con dolor de cabeza el 5 de noviembre.
También irritación y ardor de garganta. Según ella, de dientes para afuera,
nada grave. Según yo, en mi paranoia silente, la antesala del viaje con
Caronte. Según las estadísticas Plan Estatal de Prevención y Control del
COVID-19 ese día ella es parte de los 2 mil 333 casos activos en
Coahuila.
Intuimos la muerte rondando desde cualquier rincón como
una promesa que no queremos reconocer. Por eso, de pronto, nos preocupan
cosas prácticas, de la rutina, como la comida. Resulta que cuando estás a punto
de desquiciarte de angustia, son las pequeñas cosas las que te atan a la
cordura.
Así que “bromeamos” diciendo que lo que más nos preocupa
ahora es perder el olfato, el gusto y el apetito.
–Si nos vamos a morir, que sea bien comidos –suelto para
aminorar el desánimo.
Y Eliza, quien todavía encuentra lugar para el buen
humor, atina a decir que si vamos a probar una última comida con sabor, que sea
un Pollo Loco con salsa verde y molcajeteada.
Nunca perdimos el olfato, ni el gusto ni el apetito. Pero
ese pollo y medio que pedimos sí fue la última comida más o menos normal que
tuvimos.
Este mismo día tengo síntomas sin darme cuenta. Le
atribuyo el cansancio y la somnolencia incompatibles a las malpasadas del
trabajo, pero la verdad es que mi cuerpo se está descomponiendo. Mis 86 kilos,
mi metro sesenta y nueve de altura, mi miopía, nos estamos yendo a la mierda
poco a poco. El COVID-19 es un balazo que no avisa. Lo entiendo al respirar:
cada que inhalo hay una punzada cerca de las costillas izquierdas; al exhalar
se detona un ardor en la parte media de la espalda.
Para el 6 de noviembre, con mi diagnóstico negativo, mis
piernas tiemblan. Siento cada uno de mis huesos, todos doliendo poquito, todos
quejándose, como diciendo: “tarde o temprano, esta no la libramos”.
Pero lo peor es el dolor en el tórax. Una presión
asfixiante. Como si dos paredes me apachurraran constantemente por el pecho y
por la espalda. No importa si estás de pie, no importa si estás sentado, no
importa si te acuestas boca abajo como sugieren los médicos. Que te quede
claro. Al coronavirus no le importa. Incuba en silencio y explota en medio de
fanfarrias.

Mis 86 kilos, mi metro sesenta y nueve de altura, mi
miopía, nos estamos yendo a la mierda poco a poco. El COVID-19 es un balazo que
no avisa.
Un tanque de oxígeno que no se puede usar
La habitación sigue desordenada. Los delirios ya no son
imaginarios. La tempestad está en nosotros. Todavía no se siente el frescor del
otoño y a las 10 de la mañana de aquel viernes 6 de noviembre, ya no
tengo fuerza ni para fingir la sonrisa. El oxímetro marca 88. Y emite un sonido
de alarma. Y nos espanta. Y no sabemos qué hacer. Después el número sube a 92.
Pero el sonido de alarma sigue. Seguimos espantados. Seguimos sin saber que
hacer y los minutos son días. El número baja otra vez: 86. Y oscila un montón.
Nos asusta un montón.
Mediante una detallada consulta telefónica, el doctor
Carlos Ramos del Bosque (quien nos dio seguimiento diario y preciso) nos pide
conseguir un tanque de oxígeno.
Quizá es el miedo, quizá es más fácil no lidiar con nada
de esto o en realidad la falta de oxígeno me obliga a dormir… Horas después,
a las tres de la tarde, cuando despierto, Eliza ya hizo llamadas, entró a
decenas de grupos de facebook creados a raíz de la pandemia donde se rentan y
compran tanques y concentradores de oxígeno, y consiguió uno de 680
litros.
El número abruma si no sabes del tema, pero en realidad
es un tanque pequeño, no mide ni metro y viene con sus ruedas para poder
moverlo.
En nuestro caso, el tanque es prestado y es también lo
más viable. Una gráfica
de Google Trends
muestra cómo en noviembre comienza a elevarse la búsqueda por este
tipo de artefactos.
La alta en la demanda ocasionó que los precios subieran.
Durante noviembre y diciembre del 2020, un tanque de oxígeno pasó de costar 2
mil 800 pesos a casi 18 mil, un aumento del 543 por ciento, de acuerdo con un
sondeo de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC).
Volviendo al encierro. la máquina en mi dedo indica el 86
por ciento de oxígeno en la sangre. Todo da vueltas. Ayer estaba todo bien y
ahora no me puedo levantar de la cama. Hablo lento. La cabeza está a punto de
explotar. Los huesos gritan. Las costillas se quejan. La espalda se siente como
si cientos de pequeños clavos se encajaran al respirar. La garganta arde. No
soporto los lentes. Tampoco puedo enfocar bien con los ojos desnudos. Siento
frío a pesar de las cobijas, pero estoy sudando. No hay fiebre todavía, pero la
temperatura sube: 38 grados. Las manos tiemblan. Los brazos se contraen. Las
piernas son trozos de concreto. En mi pecho hay algo muy pequeño que parece
obstruir el aire. ¿Y Eliza? Sé que está aquí, cerca. Sé que la escucho. Sé que
se acerca a escucharme respirar y me pregunta cosas que no alcanzo a responder
porque los párpados, los párpados…
Despierto otra vez a las cuatro de la tarde. La
oxigenación en 82. Y cada una de las cosas dichas antes duele un poco más. La gente
dice: “Si te da COVID es como una gripe pero más fuerte”. ¡Al carajo! ¡No!. No
se compara.
El doctor Ramos del Bosque dice que la mejor forma de
controlar la respiración de manera natural era acostarse boca abajo y de ser
posible poner algunas almohadas en el estómago. Y entonces quedarse ahí,
respirando profundamente. Lo más inmóvil que pudiera estar.
Pero solo apoyarse de lado con la mano, activa un ardor
que va desde la muñeca hasta el hombro y luego baja por toda la espalda hasta
la cadera. Y que te empujen no es una mejor opción. Además tengo solo una
almohada vieja que se despedorra al taco, así que llamo a mamá para pedirle
ayuda: almohadas ortopédicas.

Durante noviembre y diciembre del 2020, un tanque de
oxígeno pasó de costar 2 mil 800 pesos a casi 18 mil, un aumento del 543 por
ciento.
Media hora después, a las 4:30 de la tarde, la
oxigenación baja a 77. Cada minuto, una moneda al aire: una cara del lado de la
suerte y la otra sonriéndole a la muerte que todo el tiempo está acostada a mi
lado… acariciándome la espalda, viéndome con sus cuencas vacías esperando que
le devolviera la mirada.
Eliza carga con su propio dolor, con la incertidumbre,
pero todo en ella es luz. Convierte su teléfono en la sala de control,
convierte su miedo en acciones razonables para mantenerte vivo mientras estoy
inconsciente. Tal vez, en mis sueños, yo esté teniendo pesadillas. Ella la está
viviendo y es terriblemente cruel que no pueda ayudarla.
A las ocho de la noche, mi amigo Esaúl García pasa por el
tanque y lo lleva a casa. Esaúl es siempre generoso y lleno de bondad, pero en
esta ocasión me lo pareció aún más, el pasado 10 de septiembre su papá, don
Constantino, falleció por coronavirus en la clínica 2 del IMSS habilitado para
pacientes COVID.
Hasta el 6 de noviembre, en Coahuila se estimaron 35 mil
526 casos acumulados y 2 mil 581 muertes. Los datos federales sumaron 955 mil
128 casos y 94 mil 323 muertes. Don Constantino García entre ellos.
El dolor crea lazos fuertes e inefables. O tal vez sean
los misteriosos caminos de Dios como dice mamá.
Aún con toda esa reflexión, esta noche no podemos usar el
tanque porque no conocemos un lugar donde rellenarlo. Y los lugares por los que
preguntamos a domicilio ya no ofrecían el servicio o nos daban precios de 2
mil, 2 mil 500 pesos.
La fatiga me hizo dormir toda la noche. Eliza había leído
que los periodos de sueño son los más peligrosos porque es natural que la
oxigenación baje y los pacientes con COVID-19 enfrenten complicaciones. Así que
la pasó despierta a base de voluntad, acercándose sin que me diera cuenta a
monitorear los niveles. No supe nada hasta que ella me lo confesó por la
mañana.
Al día siguiente fuimos al Hospital Christus Muguerza
para tomar una radiografía: “Rayos X. Tele de torax. Valoración para
I.Q.”, señala la orden con cédula profesional 222051. La interpretación
confirmó lo obvio. Los puntos blancos en la parte baja del pulmón izquierdo
son, dice el doctor “una típica radiografía por COVID-19”.
¿Era grave? Difícil decirlo aún. ¿Se complicaría? Imposible
predecir. Mamá y papá nos ayudaron a rellenar el tanque ese día.
Sino te hospitalizan, te vas a morir
Es
sábado 7 de noviembre a la una de la tarde. Los más de 20 grados calcinan la
fantasía otoñal. Todo es cantar de pájaros, claxons de automóviles, las cosas
son golpeadas por el sol y hojas muertas de árboles acumuladas en la
cuenta.
Pero todos los ruidos desaparecen con el tanque de
oxígeno que burbujea tan monótono y uniforme. Mi receta es de 2 litros por
minuto en lapsos de cada media hora cuando la oxigenación baje de 90:
actualmente estoy en 80.
Estoy alucinado porque es la primera vez que uso una cosa
de estas. Y finjo ser un supervillano de comics. “No te preocupes”, le digo,
“he leído suficiente ficción como para saber que este es el momento en donde el
protagonista de la historia sufre algún incidente y es ahí donde obtienen sus
poderes sobrehumanos”. Es incómodo y sorprendente. La mirada desencajada de
Eliza lo dice todo: el temor, la desesperación, la impotencia.
Las mascarillas son incómodas. Si están mal ajustadas no
tiene la eficiencia correcta porque se escapa el oxígeno, pero si ajustas de
más dejan marcas en la cara. La miopía lo empeora todo. Llevar lentes
simultáneamente no es fácil porque todo el tiempo se resbalan, pero si los
quito no veo ni distingo con claridad. Si no quieres usar mascarillas completas
puedes usar puntillas, pero esas resecan las fosas nasales por dentro y por
fuera.
Así pasan cuatro días. Sin novedades. Sin mejoras.
Tratamos de recargar el tanque siempre a tiempo, siempre
con previsión. Pero el miércoles 11 de noviembre, a eso de las 11:30 de la
noche, la oxigenación bajó a 76. Me puse la mascarilla, abrimos la llave de
paso, y aunque estaba conectado, apenas subió a 85. Elevamos el volumen de 2 a
4 litros por minuto y había poca diferencia.
Una hora después, el tanque se acaba. Pensamos esperar,
pero la oxigenación baja nuevamente. 84, 82, 80.
Eliza marca al 911. El doctor con quien nos comunican
hace las preguntas de rutina y al decirle que la oxigenación va en 77 le dice
los siguiente:
–Tiene que conseguir oxigeno urgente. Si no puede, lo
tiene que hospitalizar. Sino, se va a morir.
El hombre detrás de la bocina sugiere que el nuevo
hospital del ISSSTE, el que está enfrente del Hospital General, cerca del
Centro Metropolitano. Pero no hay garantía de que nos reciban directamente. Es
ir a urgencias, hacer fila, y esperar que no haya nadie en peor condición. Una
vez admitido, no hay garantía de salir.
Preferimos buscar oxígeno, pero todos los negocios a esta
hora están cerrados. De más de 10 opciones, solo uno contesta por instagram:
Oxígenos industriales Navarro. A la 1:11 nos dice que tiene servicio de 24
horas. Así que nos tranquilizamos.
Llamamos a varios amigos con auto para que nos
auxiliaran. El primero no contestó. El segundo estaba muy borracho. El tercero
estaba muy drogado. Finalmente, Omar Saucedo respondió de inmediato.
–Voy para allá. Dame 15 minutos –dijo.
Cinco minutos después el negocio nos cuenta que solo nos
espera 20 minutos porque “ya me quiero ir”.
Cancelo con Omar. Eliza y yo subimos al auto. Ella
insiste en que puede ir sola, que yo no debería ajetrearme tanto, pero el miedo
es canijo. Así que envuelto en una cobija, con una sudadera, con el cuello
envuelto en una bufanda para combatir el fresco de la noche salgo de la casa.
Las piernas están a punto de ceder con cada paso. Y el oxímetro todo el tiempo
en el dedo: 84… 80.. 82… 77. Y el corazón nuevamente acelerado. Pumpumpumpumpumpumpum…
Al final conseguimos el oxígeno: 8 kilómetros, 16
semáforos y 250 pesos después. El valor de una vida contrarreloj.
La lección es clara: no podemos volver a pasar por algo
así. No queremos. Yo duermo otra vez la mayor parte del día. Eliza, con su
magia de nuevo, consigue un concentrador, un aparato que se conecta a la luz y
produce una cantidad “infinita” de oxígeno, aunque por las noches el motor que
tiene rumba permanentemente y la luz verde de su tablero ilumina nuestra zozobra.
Los días siguientes son confusos. Mucho dormir. Mucho
dolor. Mucha angustia. Nunca había visto en Eliza tantas ojeras. Nunca había
visto tanto amor. De ella, de mi mamá, de mi papá, de mi hermano, de mi suegra,
de mi cuñada, de mis sobrinos, de mis tíos y tías. Amor de mis amigos, de
amigos de mis amigos, de compañeros de trabajo, de conocidos.
En los siguientes tres días llegan cinco inyecciones de
dexametasona, unos esteroides recetados por el doctor para ayudar a que los
pulmones se desinflamen. Duelen feo, la sensación de hinchazón se queda por
horas y si te sobas demasiado te deja moretones.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que este
corticosteroide es eficiente para combatir los estragos de pacientes con
COVID-19 en estado crítico ya que “reduce en alrededor de una tercera parte la
mortalidad de los pacientes conectados a respiradores y en torno a una quinta
parte la de los pacientes que solo necesitan oxígeno”.
Macho alfa, pulmón Covid
Así, con las nalgas adoloridas, conectado al
concentrador, con fuerzas apenas para moverse, un ratón aparece en la casa.
Eliza lo ve y corre a esconderse a la habitación. Yo, macho alfa, pulmón de
COVID, coloco toallas y periódicos en las partes bajas de las puertas para
acorralarlo en la sala, además de trampas de pegamento en toda la casa.
Es una doble carrera contra el tiempo. Tengo que cazarlo
antes de que caiga la noche, cuya temperatura amenaza los 10 grados con una
tormenta en puerta. Y espero lograrlo antes de que la fatiga me desplome.
Enciendo el comal y pongo romero a acitronar. Leí en
internet que ese aroma atrae a los roedores y en este momento soy una suerte de
covidoso de hamelin. Pero mi táctica no funciona. Así que es momento de sacar
la artillería pesada.
Doscientos gramos de tocino sobre una sartén enardecida.
Hasta le echo un toque de sal para que la rata no oponga resistencia. Y cuando
ya está bien doradito, agarro el utensilio por el mango y lo voy paseando por
cada rincón para que el olor la seduzca. Mi avance, sin embargo, es lento
porque por donde camino voy buscando enchufes para conectar el concentrador. No
quiero que me encuentren muerto y las noticias me retraten como el loco que
perseguía ratas con tocino ahumado.
Nada funciona. Y con razón. Estoy pensando con los
pulmones, no con la cabeza. Tengo que convertirme en cazador. Así que hago lo
debido. Me siento a esperar que algo ocurra. Lo que sea. Y lo primero que
ocurre es que Eliza, desesperada, toma un cobertor y sube a mi auto estacionado
en la cochera. Está dispuesta a pasar ahí la noche con tal de no convivir con
un ratón.
Abandonado a mi buena suerte, me siento en la sala con la
mascarilla puesta. La adrenalina me hizo olvidar los dolores musculares. Me
hizo pasar por alto la respiración agitada. Oxigenación en 85. Ritmo cardiaco
en 135. Presión arterial en 145 sistólica, 92 diastólica.
Veinte minutos después, rendido, camino hacia nuestro
cuarto, como soldado raso cumpliendo la orden de inspeccionar. Y todo estaba
bien con el mundo. La rata ha caído.
Es la primera vez que nos reímos en una semana.

No
quiero que me encuentren muerto y las noticias me retraten como el loco que
perseguía ratas con tocino ahumado.
La resurreción
En una habitación desordenada, cuartel contra delirios y
tempestades, durante la víspera de invierno: la muerte vino a visitarnos. Nos
sedujo día y noche durante 17 días. Después de eso fue un coqueteo
intermitente. Pero como si se tratara de una historia mesiánica, vencimos. No
morimos, pero sí resucitamos. Somos nosotros, pero somos otros.
Después de las primeras dos semanas lo que quedan son
secuelas. El cuerpo no responde igual. Las ingles me duelen, como si mis
piernas se hubieran olvidado de cómo caminar. Ante el menor esfuerzo, viene una
fatiga repentina. Subir escaleras no es un buen plan. Mi corazón todavía se
agita mucho llegando a 200 pulsaciones por minuto en reposo. ¿Efectos
colaterales minúsculos? Me duelen permanentemente las articulaciones y ya no
soporto el picante como antes.
Los diagnósticos del neumólogo David Saucedo y la
terapeuta en respiración pulmonar Ana Lilia Martínez ayudaron a despejar dudas.
Porque las enfermedades también se combaten con confianza en uno mismo. Y
bueno, los ejercicios para fortalecer la respiración.
Los días transcurrieron bajo prescripción de Salmeterol
en forma de Seretide, un polvo dulce que aspiro de un disco con inhalaciones de
tres segundos al amanecer y por la noche. Prednisona en forma de Meticorten dos
veces al día. Todas las vitaminas que jamás consumí: A, B, C, Zinc. Ibuprofeno
como padre nuestro.
Mamá nos compró una caminadora y me da cada tanto unas
amarguísimas gotas de cúrcuma con vitamina D3: es como tomar aceite tibio.
Tomé terapia alternativa de biomagnetismo, pero no volví.
Comimos Pollo Loco de nuevo. Se metió otro ratón a la
casa y mejor nos mudamos. Pude volver a leer y jugar videojuegos sin que los
ojos se inyectaran de sangre y lágrimas al instante.
Meses después nos reencontramos con amigos.
El viernes 9 de julio de 2021 me vacunaron. A Eliza
un día después. A los dos nos hizo reacción, la más temida de los chavorrucos:
Astrazeneca. Y es que mientras la eficacia de este antígeno es del 63.09 por
ciento según la OMS y de 76 por ciento según el gobierno mexicano, las reacciones
en personas jóvenes se desatan porque el sistema inmunológico reconoce a la
vacuna como un elemento extraño y lo ataca.
En nuestro caso esto se tradujo en cuerpo cortado, dolor
de garganta, 39 grados de temperatura. Dos días tirados en cama.
Ahí vamos. Aprendiendo. Acostumbrándonos a la mentada
nueva normalidad. Viendo como la tercera ola se avecina imparable con 17 mil
casos nuevos solo el miércoles 27 de julio, 17 mil personas que quizá están en
angustia, que tal vez no pueden respirar bien, cuyos pensamientos más oscuros
los estén quebrando: “¿y si me muero?”
Sobrevivir al coronavirus nos dio unas ganas tremendas de
vivir como nunca, de redescubrir todo, de volver a salir. Así que desde aquí,
desde las palabras que ya no pueden pronunciar mis familiares muertos por la
enfermedad, los padres, madres, hermanos, hermanas de mis amigos, conocidos de
conocidos, te digo algo COVID19: ¡ojalá que pronto estemos todos vacunados y
vayas al carajo! Sin solemnidad, sin metáforas, sin trabas. Derechito al
carajo.

Mi
corazón todavía se agita mucho llegando a 200 pulsaciones por minuto en

