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lunes, 18 mayo 2026
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    InicioOpiniónDivide y vencerás: MAQUILADORES DEL CONSENSO

    Divide y vencerás: MAQUILADORES DEL CONSENSO

    Parte I. La bronca

    Noam Chomsky dice que los grandes medios de
    comunicación están hechos para que la gente que los consume no tenga idea de
    cómo pensar sobre los temas y las discusiones que realmente le afectan a la
    vida de una sociedad.

    ¿Evidencia?

    Baste
    el sentido común de nuestro sistema de mercado: las grandes plataformas son
    negocios (¿o quién quiere discutirlo?) y lo que hacen, como todo negocio que no
    quiere quebrar es vender productos. ¿Por qué habría de importarles algo más a
    los dueños de un negocio? El truco es que lo que estas plataformas venden es a
    sus audiencias (sus productos),  y entre
    más agencia o poder en sociedad tenga una población enganchada a un medio, más
    caro se podrá vender a quien lo pueda o quiera comprar.

    ¿Quién
    quiere y quién puede?

    Los
    bancos, las multinacionales, las cámaras empresariales, las grandes industrias
    (incluso otros medios de comunicación), los gobiernos, los opositores del
    gobierno (otros partidos políticos) y los multimillonarios, esencialmente.

    La
    bronca es que la bronca no acaba ahí, porque en su discurso todos los grupos
    recién nombrados promueven los mismos mitos fundacionales de la competencia y
    la meritocracia como la virtud que los ha llevado hasta donde han llegado
    —cuando nunca fueron meritocráticos y apenas, si acaso, fueron competitivos—.
    Pero lo qué sí comparten esos grupos, además de tener capacidad de comprar la
    opinión de una audiencia —opinión de quienes consumen en sus plataformas, es
    ver a sus productos de cierta manera.

    Es
    decir, al no ser la gente que los consume parte de su élite o grupo por el cual
    hacen lo que hacen para que sus hijos sigan viviendo la experiencia de comer un
    kilo de carne como si realmente costara igual que un kilo de papas; lo que
    comparten es la idea de que todos esos que no vivimos donde ellos viven ni
    vamos a las fiestas que ellos hacen somos una especie de subdesarrollados y
    malparidos. Gente a la que es mejor no dejarle decir nada y a quienes hasta
    habría que prohibirle su derecho de reunión (y ya que estamos en esas el de
    opinión, otra vez) porque pueden hacerse daño si nadie los cuida.

    ¿Cómo
    se puede saber esto?

    Porque
    a ellos nosotrxs sí los miramos en la tele, los escuchamos en la radio y hasta
    nos aparecen en internet sin buscarlos; siendo entrevistados por los mismos
    camaleones de siempre y/o haciendo videos donde comentan, opinan, dicen o
    declararn lo primero que se les viene a la mente sobre algo de lo que poco
    saben y que mucho menos les interesa —¿para convencer a quién hacen el
    ridículo? En pocas palabras, lo que pasa es que de allá para acá sí se empeñan
    en hacernos tragar sus falsos alagos y a creerles los falsos reclamos que hacen
    contra sus supuestos enemigos. Cuando la misma noche del debate están los dos o
    los tres o todos y todas invitadxs a la misma boda.

    Otra
    fuente de unidad para ese grupo es el alboroto que hacen por su fiesta de gala
    (aunque exista un riesgo real de que el traje termine de plomo) y ritual de la
    democracia liberal donde todos celebran una supuesta sana enemistad. Entonces
    vuelven las dinámicas de intriga social que ponen toda nuestra esperanza en uno
    de los candidatos del partido que sea; y todos los medios apuntan las
    diferencias, pero no comunican que es el mismo sistema de partidos políticos
    quien ha filtrado a todos los candidatos.

    ¿Sabemos
    que es porque no sabemos qué hacer y porque todos los días nos da hambre que la
    gente se puede hasta alegrar de andar en brigadas de promoción de candidatos
    cuya única recompensa para quienes lo ayuden —salvo su grupo de élite— es
    amarrarnos más la cuerda al cuello?

    Así
    va la cosa.

    Ni
    con tanta faramaya a beneficio nuestro y en nuestro nombre, resulta que no
    podemos ni oponernos ni proponer qué se debería hacer con nuestro dinero, o sea
    con nuestro trabajo convertido en dinero, nuestro sudor tiempo y esfuerzo
    convertido en dinero o con nuestra vida convertida en generaciones trabajando
    para mejorar el lugar donde vivímos porque aceptar eso es también decir nuestro
    vivir. Y hasta ahora no hay certeza de que haya vida después de la muerte, al
    menos como en este desierto.

    ¿Quién
    puede negar que la escaséz que alimenta a los mercados es artificial y que ya
    contamos con tecnología suficiente como para que el mundo entero pudiera estar
    aliviado? Salvo excepciones, quienes pagan por publicar en los medios más
    cercanos a la gente solo nos quieren como expectadores de sus vidas, sirvientes
    y poco más. Pero no todo es trabajo y menos debería de serlo.

    Así
    es que huele el circo más emblemático de la calle mientras la fauna más
    pervertida de la región marcha y mea por todos lados. Sin embargo esa fantasía
    siempre acaba con las campanadas  (o
    campañadas) de la media noche y todavía sin terminar los conteos. Una vez
    pasado el acto nada más se les limitan a quienes fueron parte las condiciones
    mínimas para regresar a un cuarto sin ventanas y entretenerse en otra cosa o
    simplemente esperar hasta otra campaña en la desesperanza.

    Desgraciadamente
    las más de las veces así sucede, dice Chomsky, y al proceso que acompañan y
    sirven como plataforma los medios que reproducen y amplifican esos discursos se
    llama maquilar el consenso

    Autor Txus

    El autor es sociólogo y filósofo por Pitzer College

    Twitter: @el_tux


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