Parte I. La bronca
Noam Chomsky dice que los grandes medios de
comunicación están hechos para que la gente que los consume no tenga idea de
cómo pensar sobre los temas y las discusiones que realmente le afectan a la
vida de una sociedad.
¿Evidencia?
Baste
el sentido común de nuestro sistema de mercado: las grandes plataformas son
negocios (¿o quién quiere discutirlo?) y lo que hacen, como todo negocio que no
quiere quebrar es vender productos. ¿Por qué habría de importarles algo más a
los dueños de un negocio? El truco es que lo que estas plataformas venden es a
sus audiencias (sus productos), y entre
más agencia o poder en sociedad tenga una población enganchada a un medio, más
caro se podrá vender a quien lo pueda o quiera comprar.
¿Quién
quiere y quién puede?
Los
bancos, las multinacionales, las cámaras empresariales, las grandes industrias
(incluso otros medios de comunicación), los gobiernos, los opositores del
gobierno (otros partidos políticos) y los multimillonarios, esencialmente.
La
bronca es que la bronca no acaba ahí, porque en su discurso todos los grupos
recién nombrados promueven los mismos mitos fundacionales de la competencia y
la meritocracia como la virtud que los ha llevado hasta donde han llegado
—cuando nunca fueron meritocráticos y apenas, si acaso, fueron competitivos—.
Pero lo qué sí comparten esos grupos, además de tener capacidad de comprar la
opinión de una audiencia —opinión de quienes consumen en sus plataformas, es
ver a sus productos de cierta manera.
Es
decir, al no ser la gente que los consume parte de su élite o grupo por el cual
hacen lo que hacen para que sus hijos sigan viviendo la experiencia de comer un
kilo de carne como si realmente costara igual que un kilo de papas; lo que
comparten es la idea de que todos esos que no vivimos donde ellos viven ni
vamos a las fiestas que ellos hacen somos una especie de subdesarrollados y
malparidos. Gente a la que es mejor no dejarle decir nada y a quienes hasta
habría que prohibirle su derecho de reunión (y ya que estamos en esas el de
opinión, otra vez) porque pueden hacerse daño si nadie los cuida.
¿Cómo
se puede saber esto?
Porque
a ellos nosotrxs sí los miramos en la tele, los escuchamos en la radio y hasta
nos aparecen en internet sin buscarlos; siendo entrevistados por los mismos
camaleones de siempre y/o haciendo videos donde comentan, opinan, dicen o
declararn lo primero que se les viene a la mente sobre algo de lo que poco
saben y que mucho menos les interesa —¿para convencer a quién hacen el
ridículo? En pocas palabras, lo que pasa es que de allá para acá sí se empeñan
en hacernos tragar sus falsos alagos y a creerles los falsos reclamos que hacen
contra sus supuestos enemigos. Cuando la misma noche del debate están los dos o
los tres o todos y todas invitadxs a la misma boda.
Otra
fuente de unidad para ese grupo es el alboroto que hacen por su fiesta de gala
(aunque exista un riesgo real de que el traje termine de plomo) y ritual de la
democracia liberal donde todos celebran una supuesta sana enemistad. Entonces
vuelven las dinámicas de intriga social que ponen toda nuestra esperanza en uno
de los candidatos del partido que sea; y todos los medios apuntan las
diferencias, pero no comunican que es el mismo sistema de partidos políticos
quien ha filtrado a todos los candidatos.
¿Sabemos
que es porque no sabemos qué hacer y porque todos los días nos da hambre que la
gente se puede hasta alegrar de andar en brigadas de promoción de candidatos
cuya única recompensa para quienes lo ayuden —salvo su grupo de élite— es
amarrarnos más la cuerda al cuello?
Así
va la cosa.
Ni
con tanta faramaya a beneficio nuestro y en nuestro nombre, resulta que no
podemos ni oponernos ni proponer qué se debería hacer con nuestro dinero, o sea
con nuestro trabajo convertido en dinero, nuestro sudor tiempo y esfuerzo
convertido en dinero o con nuestra vida convertida en generaciones trabajando
para mejorar el lugar donde vivímos porque aceptar eso es también decir nuestro
vivir. Y hasta ahora no hay certeza de que haya vida después de la muerte, al
menos como en este desierto.
¿Quién
puede negar que la escaséz que alimenta a los mercados es artificial y que ya
contamos con tecnología suficiente como para que el mundo entero pudiera estar
aliviado? Salvo excepciones, quienes pagan por publicar en los medios más
cercanos a la gente solo nos quieren como expectadores de sus vidas, sirvientes
y poco más. Pero no todo es trabajo y menos debería de serlo.
Así
es que huele el circo más emblemático de la calle mientras la fauna más
pervertida de la región marcha y mea por todos lados. Sin embargo esa fantasía
siempre acaba con las campanadas (o
campañadas) de la media noche y todavía sin terminar los conteos. Una vez
pasado el acto nada más se les limitan a quienes fueron parte las condiciones
mínimas para regresar a un cuarto sin ventanas y entretenerse en otra cosa o
simplemente esperar hasta otra campaña en la desesperanza.
Desgraciadamente
las más de las veces así sucede, dice Chomsky, y al proceso que acompañan y
sirven como plataforma los medios que reproducen y amplifican esos discursos se
llama maquilar el consenso.
Autor Txus
El autor es sociólogo y filósofo por Pitzer College
Twitter: @el_tux


