COMO POMPAS DE JABÓN
La angustia es lo que no enseña
–Freud, parafraseado
Samuel Gutiérrez vive en Mexicali, en el suroeste de la ciudad, en la colonia Canales Nuevos, vecina al Ejido Lorón. Trabaja de empacador en una empresa de supermercados a una hora y media de su casa en transporte público. Cuando hay mucho trabajo, esto es, cuando se le solicita quedarse más tiempo, esperar los dos camiones que necesita le aumenta el tiempo de viaje hasta tres horas.
Tiene 47 años y una cara cansada. Trabajó de repartidor motorizado hasta hace un año, cuando lo despidieron sin liquidación de la empresa canadiense Quick –cotizada en la bolsa como FkYrSf–, cuando ésta decidió que la mejor manera de no perder dinero era perder empleados.
A pesar del transporte, Samuel Gutiérrez nunca llega tarde a su trabajo.
Vive con su mujer, Consuelo, quien trabaja limpiando casas cuatro días a la semana en una colonia a la que tiene que ir en taxi porque allá no llega la ruta de ningún camión. Fue lo mejor que pudo encontrar después de seis meses en completo desempleo, cuando un accidente de trabajo hizo que la renunciaran sin remedio de una planta industrial vecina a su casa.
En la zona donde trabaja Consuelo, lxs empleadxs de las tiendas más grandes no le permiten entrar, retirándola con amabilidad o hasta amenazándola con llamar a la policía cuando no ha querido irse.
La piel quemada por el sol, bien rasurado y una mirada que deja entrar al Tiempo en sus ojos, Samuel Gutiérrez trabaja de seis a nueve horas diarias para ganar un sueldo mínimo más la propina que dejan los compradores de la cadena extranjera. Al cliente y a dios agradece cada peso que entra en una cajita de cartón al lado de unas bolsas de plástico café con el sello de la tienda y siempre pregunta a la persona que acaba de pagar si necesita ayuda para llevar su compra hacia algún sitio.
Muchas personas dicen que sí, pero no siempre dejan algo de propina.
Desafortunadamente para Samuel Gutiérrez, no sabe qué más puede hacer, en qué más puede servir, para qué puede ser útil. No usa la computadora, no lee suficiente, no escribe suficiente, no tiene coche ni dinero para hacerlo taxi… Encima de esto, Samuel Gutiérrez creció bajo una educación que no lo deja irse por un camino de ganancias rápidas pero ilegales, y otra en donde llegó hasta el tercer año de secundaria.
Siente nostalgia cuando recuerda su juventud. Cuando no se imaginaba cerca de los cincuenta años sin trabajo estable y sin ahorros.
Se siente también ya viejo para que alguien se interese en él como trabajador personal y lo entrene en algún oficio.
Piensa en Consuelo y en sus hijos, quienes tienen problemas económicos similares. Uno de ellos dice que se irá del país, a Estados Unidos, mientras el otro no lo dice pero lo piensa casi diario.
Encima de todo, además, Samuel Gutiérrez tiene miedo.
El autor es sociólogo y filósofo por Pitzer College y estudia derecho en la UABC. Dice no tener tiempo para nada aunque sostiene, casi como victoria, que el simple hecho de estar ya es algo.


