23.4 C
Mexicali
domingo, 17 mayo 2026
Más
    InicioOpiniónDivide y Vencerás: El ladrón amable

    Divide y Vencerás: El ladrón amable

    Lo que hay de interesante en la acción de ustedes es que lleva la imaginación al poder.

    —Sartre (sobre mayo del ’68)

    A la una de la tarde del martes 8 de septiembre de 1953, Ernest Jones bajó de una mula. Treinta y ocho horas antes había salido de Nueva York en un Douglas DC-6 con destino a la Ciudad de México; ahí tomó un tranvía que lo llevó hasta Coyoacán y en Coyoacán subió a un camión rural con destino final a Cuernavaca, el cual a cambio de una propina lo dejó en la puerta de un discreto hotel en el centro de la ciudad. A la mula —inseparable de su dueño— la había rentado en Cuernavaca para transportar su equipaje hasta un pueblito más cercano a la sierra intervolcánica de Morelos.

    Antes de pasar por el mercado y por la iglesia —por si alguien necesitaba mandar algo a Cuernavaca y, así, no regresar vacío—, el dueño de la mula le sugirió a Jones un lugar donde hospedarse. Sin regatear, Jones pagó dos noches por adelantado a doña Cleo, la dueña de una casita a la orilla del pueblo, y le dio un dinero extra por sus servicios de cocina. Una vez refrescado, un niño con la piel curtida y ojos grises le llevó al cuarto un caldo de maíz reventado que, Jones decidió, estaba delicioso.

    Al final de la tarde, el extranjero se sentó a repasar detalladamente un viejo cuaderno de notas y a estudiar con igual atención un nuevo mapa que hablaba sobre viejos tiempos. Así estuvo entretenido hasta que el mundo de la sierra cayó en silencio y él se fue quedando dormido.

    La mañana siguiente Jones despertó entusiasmado. Todavía no salía por completo el sol cuando él ya se impulsaba fuera del pequeño catre a perseguir el aroma de café recién tostado. Cuando regresó al cuarto, ya con el sol por arriba del horizonte, sacó de su maleta unos tubos con pequeños motores que fue armando hasta convertirlos en un aparato con forma de escoba.  Se colgó el aparato en la espalda y se acomodó su sombrero de palma caribeña, desatando risas entre los locales que observaban al curioso señor.

    Quienes lo vieron salir esa mañana recordarían que a donde haya sido que iba el gringo ese, parecía ir muy decidido y se notaba, eso sí, que iba bien desayunado —refiriéndose a unos huevos con chorizo que le preparó doña Cleo—: como si fuera a encontrarse con su destino.

    Ernest Jones caminó cerca de dos kilómetros hasta una meseta en dirección opuesta a la sierra, donde según su mapa corría un arroyo. A los niños que lo seguían desde que salió de con doña Cleo, a coro de risas descalzas se les fueron uniendo curiosos de distintas edades; quienes luego se quedaban platicando con alguien más que encontraban en el camino o simplemente tomaban otro rumbo.

    En un pequeño claro el extranjero se detuvo para revisar su mapa. Tomó agua de su cantinplora, le ofreció a los niños —ellos no quisieron—, se quitó el sombrero y comenzó a preparar sus equipos.

    Sin acercarse demasiado, medio escondidos entre las hierbas y los troncos caídos del monte, los niños reían mientras seguían con atención lo que hacía el hombre alto y pálido. Cada cierto tiempo, Ernest Jones les decía lo que iba pasando por su cabeza justo en ese momento o les recitaba algún poema o fragmento de poemas que creía recordar del colegio. A los niños escuchar esos sonidos tan extraños solo les provocaba todavía más risa y casi lloraban agarrándose la panza sobre el pasto.

    Decidida una superficie, Ernest Jones apretó un botón y el aparato empezó a sonar: Bip…, bip…, bip…, bip…; Bip…, bip…, bip…

    Después de dos horas, cansado, Ernest Jones se sentó a comer las tortillas con frijoles que le había preparado doña Cleo y compartió algunas con los niños, quienes rápidamente reconocieron el olor de su casa. Terminadas las tortillas Ernest Jones recitó una palabras solemnes que nadie más entendió  y volvió a encender el aparato: Bip…, bip…, bip…, bip…

    A las tres de la tarde, explorando el costado de unas piedras volcánicas amontonadas y sin forma, el aparato empezó a hacer el mismo ruido más fuerte, y más fuerte, y cada vez más fuerte hasta que se volvió loco y parecía que iba a explotar. Resuelto, Jones apagó el aparato y empezó a escarbar con sus manos en la humedad de la tierra. Como nada aparecía volvió a encender la máquina para asegurarse de que el sonido no se había escapado. Y el sonido seguía allí. Los niños veían los movimientos del rubio como los de un animal desesperado por obligar a una presa salir de su madriguera (naturalmente no podían con la risa) hasta que los brazos del hombre dejaron de moverse y una sonrisa se formó al costado de su rostro.

    Ernest Jones apagó el aparato.

    Vencidos por la curiosidad, los niños se acercaron y vieron cómo el hombre-chacal, todavía arrodillado, quitaba con un trapo la tierra mojada que un pequeño hombrecito amarillento tenía acumulada. Ernest Jones sonreía emocionado y les dedicó grandes palabras a los niños, emocionados éstos más por la emoción del extraño que por el hombrecito que había sacado del piso. Mientras lo vitoreaban, el hombre guardó en una bolsa de piel aquella figura que parecía como si reflejara al sol.

    De regreso con doña Cleo, Ernest Jones desarmó el aparato, lo acomodó de nuevo en su maleta y pidió una mula para Cuernavaca, en la que salió en cuanto estuvo lista.

    De Cuernavaca salió la mañana siguiente a Coyoacán en el mismo camión rural que lo había llevado hasta la capital de Morelos —esta vez deteniéndose en Tlalpan para ver a un conocido antropólogo de Kansas City que le había dado su timbre— y de Coyoacán tomó un taxi hasta el nuevo aeropuerto internacional, donde compró un boleto de regreso a Nueva York.

    Nadie le preguntó nada cuando abordó el avión.

    ¡Que tenga buen viaje!, fue lo último que escuchó decir a México.

    Ernest Jones y la figura de metal nunca más volverán a Morelos.

     

    El autor es Sociólogo y Filósofo por Pitzer College. Cuando tenía 22 años vivió en Madrid como poeta —dice—, pero lo único que aprendió fue prosa. Actualmente cursa el XXXV año de la vida. 

    119930045 3218221308291861 3858016033099377007 n
    + posts

    NOTICIAS RECIENTES