(El triángulo, los cubitos y las cruces de colores como dominación territorial)
Por Mauricio Villa
En Mexicali han empezado a aparecer esculturas de cubos de colores con medidas variables, instaladas por la empresa Hermosillo y Asociados, la mayoría de estas entre el CETYS hasta la calle 9na, rumbo al aeropuerto. Estas estructuras, que se ubican en una ruta estratégica de la ciudad en( camellones, cruces viales, entradas de fraccionamiento), representando algo más que una decisión estética o un supuesto embellecimiento urbano. Para nosotros se trata, en realidad, de una operación de branding territorial por parte del capital privado regional, que ha encontrado en el arte monumental una vía simbólica para consolidar su presencia y dominio sobre el espacio público.
Hermosillo y Asociados, encabezada por el empresario y político panista Víctor Hermosillo, es una firma directamente vinculada a Constellation Brands, la transnacional cervecera que intentó acaparar el agua del valle agrícola, desatando una fuerte resistencia comunitaria. Lo que está en juego con estos “cubos decorativos” no es simplemente el mal gusto de una clase empresarial que confunde arte con logotipo, sino una disputa profunda por la ciudad, su forma, su uso y su control.
La ciudad no es solo un espacio físico, sino un terreno permanente en la lucha de clases. Las formas que adopta —sus monumentos, su trazado, sus equipamientos— no son neutrales: responden a intereses económicos y políticos. En este caso, las esculturas funcionan como una suerte de dispositivos de legitimación del capital. Trazando el territorio, colocan el logo de la empresa en el cuerpo mismo de la ciudad, y normalizan la idea de que los privados tienen derecho a intervenir el espacio común sin consultar a nadie, sin ninguna regulación.
Estas intervenciones revelan una problemática más amplia: la privatización del espacio público bajo una mirada de neoliberalismo urbano, donde los espacios colectivos han sido entregados al capital: en forma de concesiones, “adopciones de espacios”, patrocinios o remodelaciones disfrazadas de filantropía. El Estado, lejos de garantizar el derecho a la ciudad para las mayorías, actúa como facilitador de estas apropiaciones, al permitírselos y en la mayoría de los casos es cómplice, compinche, aliado en la instalación de elementos corporativos en terrenos que les pertenecen a todas y todes.
Uno de los aspectos más alarmantes de estas esculturas es la ausencia total de procesos transparentes para su colocación. ¿Quién autorizó su instalación? ¿Qué criterios se utilizaron para definir su pertinencia estética, cultural o urbanística? ¿Por qué no se consultó a nadie? ¿Qué marco jurídico regula (o debería regular) este tipo de ocupaciones visuales del espacio común? De la misma forma que se cuestionó la escultura del cocinero chino, que tampoco nadie solicitó.
La respuesta lamentablemente es que no existe una regulación clara ni un proceso participativo, porque al Estado siempre le menean los intereses del capital, donde las decisiones sobre el entorno urbano no las toma la comunidad ni los órganos democráticos, académicos críticos ó vecinas organizadas, sino un puñado de empresas con poder económico y relaciones endogámicas entre la clase política empresarial. Entonces los cubitos de colores, no son objetos inocentes. Son parte de un entramado colonial disfrazado con la multiplicidad de su logo por medio de estás figuras tipo legos, que realmente son una reproducción de su logotipo.
Además de la dimensión territorial, estas esculturas imponen también una estética empresarial: la geometría del minimalismo corporativo, el color plano, genérico, y la forma sin contexto. Se trata de una estética despolitizada, ahistórica, vacía, estéril, que nada dice sobre las comunidades donde se coloca. No hay referencias a la historia local, a la memoria de lucha colectiva, al desierto, al agua, a los pueblos originarios (contado por ellxs mismxs) no cambiando un colonialismo por otro, ni al rostro real de la ciudad. Todo es sustituido por un lenguaje visual importado de oficinas de mercadotecnia, donde el arte se convierte en una herramienta de posicionamiento de su marca.
Con esta colonización simbólica del espacio público entendemos una ciudad donde el paisaje urbano es también un paisaje ideológico. Y en ese paisaje, lo común es expulsado, silenciado, desplazado por lo corporativo. El capital no solo se apropia de los recursos materiales (el agua, la tierra, los contratos), sino también de los sentidos, de los símbolos y de los espacios de representación colectiva.
Frente al branding urbano, toca recuperar el derecho a la ciudad, es urgente reivindicar el derecho colectivo a decidir sobre la forma y el contenido de la ciudad. Eso implica cuestionar el modelo actual del diseño urbano subordinado a los intereses empresariales ó «New hubs» y exigir mecanismos de participación comunitaria real, y construir una nueva cultura política del territorio que priorice lo común y al común por encima de lo privado.
Las artes en el espacio público no deben ser simplemente decoración al servicio del poder. Debe ser una herramienta crítica como una expresión viva de la memoria popular, una forma de re-apropiación de lo que nos ha sido arrebatado. Donde hoy hay un cubo vacío, podría haber una historia. Donde hoy hay marca, podría haber memoria.
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La cruz empresarial como un símbolo contemporáneo| del conservadurismo
El uso de la cruz por una empresa con vínculos políticos conservadores —como los de Víctor Hermosillo con el PAN, la clase empresarial del norte del país, y empresas transnacionales como Constellation Brands— refuerza la lectura de que no se trata de arte público, sino de iconografía ideológica.
No es casual que la cruz aparezca en una ciudad históricamente obrera y fronteriza, como Mexicali, donde las luchas por el agua y el territorio han enfrentado de forma directa a los intereses que este tipo de empresas representan.
Porque la ciudad y la calle son nuestras, y no es con cubos de colores como vamos a construir justicia.
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