Viven territorios de espera y encierro
Por: Hugo Méndez Fierros
Como un resultado colateral de la llegada de inmigrantes
de Centro y Sudamérica, el Caribe y de algunos países de África, la ocupación
hotelera, la renta de departamentos y casas en Tapachula, Chiapas se encuentra
a su máxima capacidad. Entre los contingentes sobresalen en número las personas
haitianas que en su mayor parte provienen de Chile y Brasil. Además de un techo
bajo el cual cobijarse, la economía formal e informal ha encontrado en esta ola
migratoria, un poderoso impulso.
“De 10 viajes en este taxi, 7 son de haitianos que van y
vienen a la Comar (Comisión mexicana de ayuda a refugiados)” se repiten estas
voces. Intercambios comerciales de comestibles, entretenimiento, ropa, calzado,
servicios de lavandería, cambio de divisas y sobre todo celulares, tarjetas de
prepago y un nuevo chip. En las calles del centro de Tapachula, Chiapas, el
tiempo corre dentro del espacio de la espera. Espera de mañana, de noche.
Espera de semanas. Meses. Esperan un papel que les permita continuar su
trayecto hacia el norte en busca de la frontera.
Esperan el apoyo económico de su familia arraigada en
Miami. Esperan la visita de los parientes que viven en EE.UU. Esperan la video
llamada con los hijos o la madre que permanece en Haití. Todos los días. Todas
las semanas. En los territorios de espera los actores sociales perciben su vida
atrapada en un tránsito que se mantiene a lo largo del tiempo hacia un estado
“distinto”, que provoca aletargamiento en la percepción de sus prácticas culturales
y modifica su producción discursiva. En general, introduce elementos de
transformación de sus identidades.

Imágenes propias
Según cifras de Andrés Ramírez, titular de
la Comar, al finalizar septiembre “se han registrado 90,314 solicitantes de la
condición de refugiado. Esta cifra en tan solo 9 meses, supera la marca de todo
el año del 2019 en 28.28%. A ese ritmo se prevé que al final del año se llegue
a rebasar los 120,000”. Es una cantidad récord y aproximadamente el 70% de
solicitudes se han realizado en Chiapas.
El geógrafo francés, Alan Musset, ha escrito en
un articulo titulado De los lugares de espera a los territorios de la espera.
¿Una nueva dimensión de la geografía social? que “lejos de ser fluidos,
homogéneos o lineales, estos desplazamientos están marcados por tiempos y
momentos, más o menos largos, de espera. Su origen puede ser por razones
técnicas, administrativas o políticas, y a menudo tales momentos encuentran una
traducción espacial: hay territorios que acogen a estas sociedades en situación
de espera […] Más cerca del individuo, está el tiempo vivido, percibido, el
tiempo de la experiencia sensorial y sensible […]En situación de espera, el
tiempo se extiende, se dilata, pero parece que el espacio se va reduciendo: ya
no está a la altura de nuestras necesidades (o expectativas). La espera, por lo
general, induce una sensación de encierro”.
Durante el largo lapso de espera que ha iniciado hace ya
varios años para algunos, desde que salieron a Chile o Brasil, su meta de
buscar un mejor lugar en el mundo no se detiene. Esperan haciendo. Crean
negocios, emprenden. En la espera de una mejor vida, han caminado desde el sur
de Latinoamérica hasta Chiapas, donde se mantienen atrapados en la
incertidumbre. Representan un mercado de miles de dólares.
En Tapachula, Chiapas, los servicios ofrecidos a los
inmigrantes han visto incrementados sus precios sin control. El mercado se autoregula
dirían algunos economistas. En este caso todo es con cargo a las personas en
movilidad forzada y a sus redes familiares que los apoyan. Es el dibujo
descarnado del capitalismo feroz, los sin techo, los sin lugar en el mundo, los
expulsados, deben pagar muy cara la búsqueda y la espera de una vida mejor.
[No. 53/2021]. El autor de esta publicación es
profesor-investigador en la Facultad de Ciencias Humanas, UABC.


