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lunes, 30 enero 2023
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    Crisis climática, agua y energía en la cuenca del Río Colorado en los albores de 2023

    Los efectos de la crisis climática provocada por el modelo de producción-consumo capitalista se están agudizando en todo el planeta. Año con año se presentan eventos meteorológicos extremos con mayor frecuencia e intensidad. En la narrativa mediática es cada vez más común utilizar el término histórico para clasificarlos: sequías históricas, inundaciones históricas, ondas de calor históricas, heladas históricas, etcétera.

    La situación ha sobrepasado todos los pronósticos y sus consecuencias más devastadoras se multiplican: incendios, inundaciones, hambrunas, migraciones climáticas, entre otras. Uno de los grandes retos que surge bajo este contexto es el aseguramiento en el abasto de agua y energía.

    Ambos elementos están intrínsecamente relacionados: el agua es necesaria para producir, distribuir y usar energía y la energía es necesaria para extraer, tratar y distribuir agua. Es por ello que el detrimento o escasez de un elemento tiene impacto directo sobre el otro y viceversa. Esto es lo que se conoce como el nexo agua-energía.

    Un ejemplo de esta interdependencia ocurre en la cuenca del río Colorado, una de las regiones más afectadas por el cambio climático. El 1 de diciembre de 2022 la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) anunció que las condiciones de escasez de agua en esta cuenca continúan agravándose, esto como consecuencia de la peor sequía registrada en 114 años (clasificada ya como megasequía), lo que podría implicar “acciones adicionales” para todos los usuarios en 2023 y 2024.

    Esto significa que la proyección que se anunció en agosto de 2022, que estableció un recorte de agua de 128 Mm3 para México y de 761 Mm3 para Estados Unidos a partir del 1 de enero de 2023, se puede tornar más grave, poniendo en riesgo la “operación del sistema”. ¿Qué significa esto último? El control del río Colorado se realiza principalmente a través de grandes represas, las cuales no sólo derivan o distribuyen agua para sus diferentes usos, sino también producen electricidad. Buena parte de esta energía sirve para hacer funcionar los acueductos y sistemas de bombeo que transportan el agua del río a las zonas urbanas.

    Existen decenas de centrales hidroeléctricas en el río Colorado, las cuales suman una capacidad instalada conjunta de alrededor de 4,000 MW, sin embargo, tan sólo dos presas, Hoover y Glen Canyon, representan el 81% de esta potencia y sus embalses (los lagos Mead y Powell, respectivamente) se encuentran al 25.6% de su capacidad. La potencia de las presas está directamente relacionada con el nivel del agua: cuanto mayor sea, mayor es la energía hidráulica (presión o fuerza del agua) y por tanto, la electricidad generada.

    Para darnos una idea de la magnitud energética de estas presas, con ambas hidroeléctricas se podría abastecer la demanda máxima de electricidad en verano en Baja California.

    Las autoridades estadounidenses han proyectado que en julio próximo el nivel del lago Powell podría caer hasta el punto en que la planta hidroeléctrica dentro de la presa Glen Canyon ya no podría generar electricidad. Actualmente su nivel se encuentra a 37 pies (11.2 m) por encima de “la reserva mínima de energía” y ha bajado aproximadamente un 40% de su capacidad. El mismo riesgo corre la presa Hoover. Conforme su nivel se acerca a los 950 pies de altura va disminuyendo su potencia hidroeléctrica. Abajo de ese límite ya no podría generar electricidad.

    Un escenario más grave es que estos embalses sigan descendiendo hasta alcanzar los niveles de “estanque muerto” (dead pool), lo cual significa que el nivel del agua baje hasta un punto en que ya no pueda fluir por las salidas principales, convirtiendo a las presas en un obstáculo para distribuir el agua río abajo. El agua debajo de este nivel se conoce como “almacenamiento muerto” y, en teoría, no debe ser liberada de la presa. Llegar a este punto sería una catástrofe sin precedentes.

    En dado caso de que se quisiera distribuir el agua del almacenamiento muerto, se requeriría construir mega-bombas y emplear grandes cantidades de energía para bombear el agua para que salga de la presa.

     

    EmbalseNivel del agua en diciembre de 2022Límite reserva mínima de energíaNivel de estanque muerto (dead pool)
    Lago Powell3,527.9 pies3,490 pies3,370 pies
    Lago Mead1,042 pies950 pies895 pies

     

    Las autoridades federales estadounidenses estiman que, de no mejorar la situación, el escenario de dead pool podría presentarse en 2025. Por ello presionan a los administradores del agua de los siete estados usuarios del río en EU para que implementen medidas drásticas para reducir su demanda de agua. Tienen como límite el próximo 31 de enero para presentar propuestas.

    Existe una fuerte disputa por el agua entre estos estados y no sorprendería que presionen para que se implementen mayores recortes a México. No sería la primera vez que lo hicieran.

    La CILA había proyectado que en 2024 se aplicaría a México un recorte de 211 Mm3, correspondientes a 86 Mm3 de reducción de su cuota anual y 125 Mm3 de “ahorros recuperables” (lo pongo entre comillas porque no parece que se vayan a poder recuperar). Sin embargo, en la última gráfica publicada por dicho organismo se pronostica que en enero de 2024 la elevación del Lago Mead podría estar por debajo de los 1,025 pies, lo que detonaría el tercer nivel de reducciones y ahorros, significando para México un recorte total de 339 Mm3 (154 Mm3 de reducción de su cuota y 185 Mm3 de ahorros), equivalente a poco más de la demanda anual conjunta de agua para uso público-urbano de los siete municipios de Baja California.

    Estos recortes se basan en el Acta 323 de la CILA, la cual tiene vigencia hasta 2026. Sin embargo, las medidas adicionales excepcionales que se darán a conocer en julio próximo -de acuerdo al anuncio de diciembre pasado de la CILA-, ante la gravedad de la situación, bien podrían proponer una nueva Acta y un nuevo acuerdo con recortes más drásticos.

    Ante esto, los representantes mexicanos de la CILA deberían de adoptar el enfoque del nexo agua-energía como elemento de negociación: si el agua mexicana está ayudando a mantener los embalses de las presas río arriba para garantizar la hidroelectricidad, México debería de exigir una parte de esa energía generada.

    El agua mexicana que se resguarda en la presa tiene un uso energético, del cual sólo se beneficia Estados Unidos. Esto ocurre mientras que en Baja California se tiene déficit de generación y se debe recurrir a la importación de electricidad de California para subsanarlo. Esta debería ser una posición mínima de soberanía y justicia climática respecto a un recurso tan estratégico como es el agua del río Colorado.

    Por otro lado, las afectaciones del cambio climático en el abasto de agua y energía en la región no se reducen a las provocadas por la sequía. Las heladas también pueden tener impactos directos e indirectos en estos dos recursos.

    Ante las afectaciones en la disponibilidad de energía producto de la sequía (por la baja en la hidroeléctrica y el aumento de la demanda eléctrica para bombeo en la agricultura y las ciudades), en la región se está incrementando la generación con base a gas natural importado. De este combustible depende aproximadamente el 65% de la generación en Baja California y el 50% en el suroeste estadounidense y la mayor parte proviene de las cuencas de gas shale de Texas.

    El incremento en la dependencia del gas natural texano aumentará la vulnerabilidad energética de la región ante la crisis climática, como ya ocurrió a inicios de 2021 con el “congelamiento de Texas”, cuando las bajas temperaturas provocaron el congelamiento de la infraestructura de gas natural, lo cual generó afectaciones en cascada en la generación eléctrica, el suministro de agua y la exportación de dicho combustible. México también se vio afectado por esta situación, registrando apagones y el incremento estrepitoso en los costos del gas natural.

    La reciente tormenta Elliot, que provocó heladas “históricas”, “sin precedentes” y que azotó a buena parte del territorio estadounidense, prendió de nuevo las alarmas ante este escenario. No sólo provocó problemas en el transporte (con miles de vuelos cancelados o retrasados y carreteras intransitables), sino también cortes de energía por afectaciones en la infraestructura o por el incremento abrupto de la demanda (lo que provocó a su vez el aumento en los precios del suministro).

    En lo que respecta al gas natural de Texas, aunque no se generó un impacto tan severo como el de febrero de 2021, sí se produjeron problemas para exportarlo y los precios de suministro sufrieron importantes incrementos. No obstante, la temporada invernal aún no ha terminado, por lo que se pueden presentar nuevas heladas y afectaciones en este ámbito.

    En suma, la crisis climática y sus afectaciones están en puerta en este 2023. En Baja California la atención está puesta en la escasez hídrica, sin embargo, es necesario concebir las afectaciones en el ámbito energético, pues, como vimos a lo largo de este artículo, ambos recursos están intrínsecamente relacionados. Y no sólo prever las afectaciones de la sequía y ondas de calor, sino también la de las tormentas invernales.

    Una política adecuada de mitigación de los efectos de la crisis climática tendría que adoptar, en primer lugar, el enfoque del nexo agua-energía y abordar las vulnerabilidades no sólo en términos de la escasez “natural” de ambos recursos, provocada por el cambio climático, sino de las inducidas por las dinámicas de subordinación y dependencia de México y de Baja California respecto a Estados Unidos.

     

    *El autor es Maestro en Geografía por la UNAM. Escribe análisis y publica mapas en el blog Geografía Septentrional.

    Iván Martínez Zazueta

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