Segunda parte. Gringos: “El sueño americano en México”
Por Violeta Miranda.
La intervención es, ante todo, económica. No inicia con tropas. Comienza con mercados, símbolos y desplazamientos.
Vivimos bajo una fachada turística, y de nómadas digitales con una creciente y desmesurada de nuestras costas —de Quintana Roo a Yucatán, del Alto Golfo de Sonora a Baja California— ocupadas por gringos, canadienses y europeos.
La gentrificación y la turistificación aumenta por medio de la iniciativa público-privada como pasa con Airbnb en la Ciudad de México. Lo mismo ocurre en ciudades fronterizas, de Tijuana a Ensenada, donde condominios de lujo para estadounidenses repercuten en un aumento al costo de vida para los locales, como es el acceso a vivienda, hay más rentas en dólares que en pesos.
Aunado, a la nueva ola pospandemia de estadounidenses, mayoritariamente blancos de clase media y alta que “han huido” del fascismo de Trump, personas que no buscan integrarse, sino reproducir su estilo de vida en versión «so cheap» puesto que México es para ellos el sueño americano.
A mayor producción para Occidente, mayor nivel de violencia en México.
El mercado internacional exige producción constante por parte de México, y el Estado —sea cual sea el partido oficialista— ha respondido de igual manera en las últimas dos décadas con militarización y disputa armada.
Esto no es coincidencia.
Poco más del 80% de nuestra producción agrícola va a Estados Unidos, seguido del 50% de nuestra extracción minera, dentro de la cual hay minerales que sólo importa de México.
Cuando el mercado interno se rige para surtir al mercado externo, las consecuencias como vemos no son beneficiosas para la población que pone los recursos naturales, la mano de obra barata, por ende el cuerpo, no solo como obreros, campesinos sino también como población afectada en su salud y al ecosistema inmediato, por la sobreexplotación y contaminación.
Hablemos del aguacate, el producto más exportado a Occidente, mismo fruto detrás de las principales causas en desplazamiento y violencia a comunidades indígenas, rurales, y la vida silvestre en Michoacán, como es la internacionalmente conocida mariposa monarca.
Asimismo, los principales consumidores del aguacate michoacano son en orden de exportación; Estados Unidos, Canadá, Japón, Países Bajos, Francia y España.
Desde finales de los años setenta, Michoacán enfrenta un tsunami de violencia que no cesa hasta el día de hoy; comunidades vacías, zonas minadas, asedio constante por los Carteles y las fuerzas del Estado. A veces en conjunto, y en otras por separado.
Michoacán y Guerrero son estados con autodefensas y guardianes comunitarios, ante la falta de respuesta por parte del Estado, que como bien sabemos lxs mexicanos, incluso aquellos políticos estoicos con buenas intenciones dentro del Gobierno, corren peligro.
Hay sin lugar a dudas una conexión con el crimen organizado en los estados con mayor índice de violencia; Guanajuato, Baja California, Sinaloa, Estado de México, Guerrero, Michoacán, Colima, Morelos y Zacatecas; estados que surten a Estados Unidos, no solo de droga, sino también en los sectores; automotriz, agroindustrial-agroalimentaria, ganadera, industrial, pesquera, de calzado, cervecera, manufactura química y farmacéutica, floricultura, y minera.
Biocolonización y saqueo.
Prácticas cotidianas por las multinacionales no nuevas. Está el caso de Monsanto en el ámbito de las semillas transgénicas de México a Argentina con el uso de estos por encima de las ciencias según el beneficio económico de “las grandes potencias”, a esto Vandana Shiva nombró Biocolonización.
En el caso de México, hubo una disputa legal binacional por cinco años donde Estados Unidos presionó al T-MEC, para asegurar la continuidad del control de la vida misma por medio del maíz transgénico: semillas, biodiversidad, soberanía alimentaria en riesgo.
La biocolonización parte de una pregunta central: ¿quién controla el mercado? Quién puede disputar sus propias lógicas, generar procesos actualizados de colonización ya sea apropiarse de conocimientos tradicionales por medio de patentes, biopiratería y transgénicos, a la par del despojo y el desplazamiento de los locales.
Bote de basura y sueño americano: México lindo y herido.
Somos el bote de basura de Estados Unidos, cuestión que no se limita a México, se expande por todo el continente americano y fuera de este.
Se dice que hacemos captación de “residuos peligrosos” para el reciclaje: aerosoles, solventes, hidrocarburos, baterías, plásticos, y otros desechos industriales.
Varios de estos ingresan de manera legal, dado que muchas veces se aprueba en México megaproyectos para la captación de estos sin contar con el Manifiesto de Impacto Ambiental, a menos que exista suficiente presión mediática para detenerlos o modificarlos, tal sucedió en Mexicali en 2016 con EcoZone.
Recordemos que a Estados Unidos no le importa los ecosistemas ajenos, ni los de su propio territorio. Por ende, tampoco la salud de su ciudadanía, aunado a que la gran mayoría no tiene acceso a servicios de salud básicos, por eso quienes viven en la frontera con México o tienen los recursos, vienen aquí por el turismo médico.
Asimismo, en la «guerra contra las drogas» por el país vecino del norte se hace uso de discursos que luego difícilmente son sostenidos por sus acciones o pruebas.
El caso de Maduro con harta publicidad por su supuesta relación con el Cartel los Soles, pasó a desecharse, y ahora busca Washington presentar una acusación más sólida y ajustada a la realidad operativa del sistema venezolano…La cancelación de fondos destinados a la salud mental y el tratamiento de adicciones por Trump. ¿Necropolítica?
Tal como dijo Aimé Césaire, la decadencia de Occidente comienza y termina en Occidente.
Vuelvo al norte fronterizo de México, zona para vacacionar y vivir cómodamente para los gringos jubilados, y no jubilados, que cruzan a diario a sus trabajos en San Diego o el Valle Imperial, mismos sin regulación migratoria que pasan de ser clase media a sentirse o más bien volverse ricos en este otro lado de la frontera.
Mientras que para uno cruzar al otro lado, es un riesgo de siempre, ahora más latente, que la persecución aumentó, jamás se fue. Basta mirar quienes desde que se “abolió” la esclavitud y la segregación racial son la mayoría en las prisiones.
Hagamos memoria, de lo que fue hace 100 años, tras la ocupación de la mitad de nuestro territorio, cruzamos a diario a la que fuese nuestra tierra para labrar y cosechar, aún bajo baños de gasolina y otras atrocidades. Ni un solo día hemos dejado de ser ciudadanos de segunda clase, lo sabemos quienes hemos emigrado para trabajar la tierra, limpiar casas o cuidar niños blancos por generaciones.
Ante estas múltiples realidades cruzadas vemos cómo funciona la biopolítica propuesta por Michel Foucault para entender el poder que se ejerce por los Estados, Estadounidense y Mexicano al controlar nuestros procesos biológicos y socioeconómicos; reproducción (natalidad), mortalidad, salud pública, urbanismo, políticas públicas, producción y consumo, entre otras tantas.
A través de estrategias sutiles y normalizadas en seguridad, salud, vivienda, migración y crisis ecológica que hemos naturalizado esta administración de la vida.
Hay que agregar la soberanía política que nos señala Achille Mbembe por medio de su aporte, la necropolítica: la cual define la nuda vida (sin derechos), o sea la subyugación para la destrucción de lxs colonizados, lxs forzados a migrar y marcados como sujetxs desechables, en una administración de terror.
Esta forma de controlar la vida, ha producido una división: quienes merecen vivir y quienes son sujetos de desecho.
La guerra contra el narco no puede entenderse sin esta red de intereses económicos, geopolíticos y coloniales. La violencia no es un error del sistema: es una de sus formas de administración.
¿Quiénes son aquellos que merecen vivir? ¿Quiénes deben servir y ser desechables? ¿Y para quiénes son los beneficios?

