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    Palestina-Israel y México-Estados Unidos: (a)simetrías fronterizas

    Palestina-Israel y México-Estados Unidos: (a)simetrías fronterizas por Iván Martínez Zazueta*

    Aún con sus diferentes contextos y circunstancias, las fronteras entre Palestina e Israel y la de México y Estados Unidos guardan ciertas similitudes, en términos políticos y económicos, que vale la pena resaltar en estos tiempos en que la barbarie arrasa de nueva cuenta con la Franja de Gaza y como una forma de generar solidaridad desde México y desde quienes habitamos su frontera norte hacia el pueblo palestino y las víctimas inocentes de ambos lados.

    Primero que nada, ambas fronteras provienen de despojos históricos, de anexiones efectuadas mediante el poder de las armas y en territorios antes colonizados u ocupados por potencias europeas.

    La ocupación israelí sobre el territorio palestino comenzó al finalizar la Guerra árabe-israelí en 1948, con el establecimiento de la Línea Verde, y continuó con la guerra de los Seis Días en 1967, tras la cual Israel ocupó la franja de Gaza, Cisjordania, la península del Sinaí y los Altos del Golán.

    En el caso mexicano se remonta a un siglo antes, con la invasión estadounidense a México en 1847 y la posterior firma del Tratado Guadalupe-Hidalgo un año más tarde, con el cual se despojó a México de más de la mitad de su territorio. Posteriormente vino -como consecuencia indirecta de la guerra- la compra de La Mesilla en 1853, lo que terminó por definir la actual línea divisoria entre ambos países.

    No es justo describir a estos conflictos como guerras, pues no fueron enfrentamientos entre iguales. En el mejor de los casos se les puede clasificar como guerras asimétricas, pero más convenientemente, como guerras de despojo impulsadas por potencias emergentes. En un caso se promovió con el Destino Manifiesto, en otro con el sionismo impulsado por la burguesía judía.

    Desde entonces esas fronteras han permitido sostener e intensificar la desigualdad económica y política entre los territorios que dividen. Precisamente otra similitud en ambos casos son los muros que se erigen sobre esas líneas divisorias.

    El muro israelí en Cisjordania comenzó a construirse en 2002. Está conformado por vallas y alambradas en el 90% de su trazo y hormigón prefabricado en el 10% restante. El proyecto final tendrá una longitud de 720 kilómetros, con alturas entre 7-9 metros.

    El actual muro entre México y Estados Unidos comenzó a construirse en 1994, en el contexto de la entrada en vigor del TLCAN. Hasta la fecha, se han edificado más de 1,100 kilómetros de barrera, ya sea bardas de concreto, rejas o planchas metálicas.

    Desde entonces, tanto gobiernos republicanos como demócratas han aportado su segmento de muro, sin embargo, fue Donald Trump quien convirtió esta práctica cotidiana en espectáculo. Durante su mandato se construyeron -según sus propias palabras- alrededor de 480 kilómetros de muro, aunque en su mayoría fueron reparaciones o sustituciones de tramos existentes.

    Quizá lo más relevante de estos cambios fue el incremento de la altura del muro en diversos segmentos, pasando de 4-5 a 9 metros. El único muro con altura similar en el mundo es, precisamente, el muro entre Israel y Palestina. De hecho, cuando Trump estaba en campaña citó al muro de Israel como modelo para su muro fronterizo con México.

    En la actualidad, ambos muros producen peculiares paisajes de guerra, en los que se integran vallas, alambradas, zanjas, patrullas fronterizas, sensores y cámaras de vigilancia. En algunos casos tienen dobles y hasta triples barreras.

    En los dos muros mueren personas tratando de cruzarlos. En ambos existen grupos paramilitares supremacistas que cazan a los “intrusos”.

    Quizá el de Israel sea el muro más agravante, pues sirve en gran medida para encerrar las zonas palestinas, tal como si fueran enormes cárceles, sin embargo, el muro estadounidense no lo es menos, pues crea otro tipo de cárcel, la del neoliberalismo de países dependientes, impulsado por su política exterior, que expulsa a millones en éxodos hacia el norte.

    Por otro lado, estos muros también tienen un rol fundamental en la explotación de mano de obra barata. Por ejemplo, miles de trabajadores palestinos viajan a territorios ocupados por Israel cada mañana cruzando los famosos checkpoints, en los que reciben tratos inhumanos y denigrantes; regresando de la misma manera cada tarde.

    Se estima que en los asentamientos agrícolas israelíes del valle del Jordán trabajan casi 10 mil palestinos (incluyendo infantes) a los cuales se les paga menos de la mitad o hasta una tercera parte del salario mínimo de Israel y sufren discriminación y la anulación de sus derechos laborales y seguridad social.

    Esto es una realidad cotidiana en la frontera norte mexicana, la de las y los trabajadores transmigrantes y, especialmente, de quienes trabajan «sin papeles». Y aunque pudiera argumentarse que el trato es un tanto distinto al que reciben los palestinos, las imágenes de trabajadores braceros mexicanos sin ropa siendo rociados con pesticidas para matar “plagas indeseables” y recibiendo tratos humillantes, da cuenta de rasgos similares, que en mayor o menor medida continúan en la actualidad. Y la diferencia salarial aquí es mayor, pues las y los trabajadores mexicanos ganan en promedio seis o siete veces menos que los estadounidenses.

    También existen similitudes en los programas de industrialización fronterizos. A la par de la construcción del muro israelí, existió un proyecto del gobierno sionista para emplazar una serie de parques industriales a lo largo de la Línea Verde (frontera de facto Israel-Cisjordania), con la finalidad de usar la abundante fuerza de trabajo palestina localizada en la región. Aunque dicho plan fracasó tras los enfrentamientos de las Intifadas, muchas fábricas persisten y emplean trabajadores palestinos.

    Pareciera un proyecto emulado de los corredores maquiladores instalados en la frontera norte mexicana, aunque de menor magnitud. Y podría decirse que acá sí funciona, a diferencia de Palestina, por el sometimiento de las élites gobernantes mexicanas a los designios de Washington.

    Otro aspecto similar a resaltar es el de las aguas divididas. Con la anexión del territorio mexicano, Estados Unidos también se apropió de la totalidad de la cuenca del río Bravo y casi toda la del río Colorado. Ambos ríos, antes mexicanos, fueron fundamentales para el desarrollo capitalista del suroeste estadounidense, especialmente el Colorado. La historia registra varios episodios en que las aguas de esta corriente correspondientes a México han sido recortadas o contaminadas frontera arriba, incluso sin previo aviso a los usuarios mexicanos. También han existido posiciones xenófobas de representantes de estados como el de Arizona planteando que México no debería de recibir agua de este río.

    Pasando al oriente próximo, con la ocupación israelí se despojó a Palestina de sus principales fuentes de agua, como fue el acuífero de Cisjordania. A Israel, a través de su compañía nacional de aguas, Mekorot, se le ha acusado de crear un apartheid del agua contra las y los palestinos, pues aun viviendo en un mismo territorio y dependiendo de las mismas fuentes, los israelíes consumen casi nueve veces más agua por persona que los palestinos. En el caso de la Franja de Gaza la situación es más grave, pues la mayoría de los pozos están contaminados con agua salada o aguas de desecho y sus habitantes gastan hasta una tercera parte de sus escasos ingresos en comprar agua potable, que a su vez es vendida por Israel a tarifas más elevadas que las que pagan los israelíes.

    Y sobre las aguas superficiales, el río Jordán, una de las principales fuentes de la región, fue repartido por acuerdo entre Israel y Jordania, negando el acceso a los palestinos. También se menciona que las presas israelíes limitan la recarga de los acuíferos, de los que extraen agua los pozos palestinos.

    Así, hoy en tiempos de conflicto, una estrategia genocida de Israel ha sido cortar el agua a la población palestina. Y eso es posible por el control de las fuentes. Lo mismo podría pasar, en un escenario hipotético, con el río Colorado.

    Y no sólo existe un contexto análogo de gobernanza desigual del agua, sino condiciones de geografía física equiparables. En el libro Fronteras compartidas, aguas compartidas. Desafíos de agua israelo-palestinos y de la cuenca del río Colorado se exploran justamente ambos casos, describiéndolos como las regiones transfronterizas áridas más importantes del mundo que enfrentan desafíos similares, entre ellos, el cambio climático.

    Y en los dos contextos se le apuesta a megaproyectos de desalinización para paliar la escasez de agua, los cuales generan nuevos esquemas de gobernanza en los que las empresas y el mercado tienen gran control y beneficios.

    Y aquí adquieren especial énfasis las empresas israelíes. Justamente Mekorot asesoró al gobierno de Baja California, al inicio del mandato de Kiko Vega, sobre los planes y proyectos en materia de agua, entre los que destacan las plantas desalinizadoras impulsadas mediante Asociaciones Público-Privadas. La APP para la desalinizadora de San Quintín fue un proyecto “no solicitado” propuesto y ganado por una empresa con participación de la transnacional israelí RWL Water. Esta empresa fue fundada por el magnate judío de medios Ronald S. Lauder, presidente del Congreso Mundial Judío, una influyente organización que defiende las políticas racistas de Israel en los territorios palestinos ocupados.

    Asimismo, la diputada del PT, Claudia Agatón, denunció que Mekorot iba a ser la empresa beneficiaria de la privatizadora ley de aguas de 2016, después abrogada por las masivas movilizaciones en contra.

    En suma, ambas realidades fronterizas comparten rasgos similares que se resumen en cómo Estados poderosos, con sus élites, empresas y políticas, oprimen de diversas maneras a otros pueblos y se benefician de esa opresión. Ante ello es imperativa la solidaridad internacional y es por ello que desde la frontera norte de México lanzamos un llamado a detener el geonocidio en contra del pueblo palestino y a acabar con la ocupación israelí, que es el origen de tanta violencia. La hermandad entre pueblos es necesaria para acabar con todos los apartheids y todos los muros. Por eso gritamos: ¡Estamos con Palestina! ¡No se puede bloquear la resistencia!

    * El autor es Doctorante en Geografía por la UNAM. Escribe artículos y publica mapas en el blog Geografía Septentrional.


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