Por la libertad del Río Colorado es la columa de opinión de Iván Martínez Zazueta*
Este lunes se celebró el Día de la libertad de los ríos, fecha que surgió a raíz de que el 25 de septiembre de 1997 la provincia argentina de Entre Ríos aprobó una ley anti-represas que prohibía la construcción de nuevos embalses en su territorio. Esta ley fue consecuencia de un movimiento social que se opuso y logró detener la construcción de la represa del Paraná Medio, impulsada por tres compañías estadounidenses. El nombre de la provincia proviene de su ubicación entre los ríos Uruguay y Paraná, mismos que fueron declarados ríos libres de nuevas represas con la mencionada ley.
Esta fecha y otras como el Día Internacional de Acción por los Ríos, que se celebra el 14 de marzo (y que coincide con el aniversario de Mexicali), se han ido promoviendo como un llamado al debate y la acción en contra de las represas y sus efectos nocivos, y por la libertad de los ríos, el agua y la vida.
Las represas tienen importantes afectaciones sociales, ambientales y económicas que se han constatado en múltiples estudios e informes como los de la Comisión Mundial de Represas. Algunos efectos negativos de estas mega obras son el desplazamiento de poblaciones enteras, degradación de ecosistemas y de biodiversidad, cambios en la calidad del agua, generación de gases de efecto invernadero y costos excesivos de construcción y mantenimiento.
A nivel global existe una tendencia decreciente en la construcción de nuevas represas y cada vez se registran más casos de presas que se han derribado debido a su inviabilidad económica o ambiental.
El caso del río Colorado es emblemático en este contexto, no sólo por los problemas que actualmente padecen las grandes presas en su cauce, sino por la historia de las mismas y sus afectaciones ambientales, económicas y políticas para México.
La presa Hoover, construida entre 1931 y 1936, inauguró lo que Patrick McCully llama “la era de las grandes presas”, esto es, la construcción de enormes represas a nivel mundial, las cuales se constituyeron como una base importante del desarrollo capitalista y como símbolo del progreso y del dominio de la sociedad sobre la naturaleza. También marcó el principio de la asociación entre gobiernos y empresas por el control del agua.
La entrada en funcionamiento de esta presa permitió el control de las inundaciones en el valle de Mexicali, pero también la alteración del ecosistema de su delta (antes lleno de arroyos, lagunas, etc) y, paradójicamente, el inicio del “secado” político de México. Prueba de ello fueron las preocupaciones que surgieron sobre el futuro del abasto de agua del río a territorio mexicano a raíz de la puesta en marcha de la presa y de la construcción del Canal Todo Americano (inaugurado en 1942).
Este fue un motivo adicional para que el general Lázaro Cárdenas impulsara el reparto agrario en el valle de Mexicali, pues con el incremento en el uso mexicano del agua del río se generarían derechos de “apropiación previa”, lo cual serviría de base para negociar un futuro acuerdo binacional sobre el uso del agua.
Tras la firma del Tratado de Aguas de 1944 se estableció que México recibiría 1,850 millones de metros cúbicos de agua (Mm3) del río Colorado, cifra que podría ser aumentada hasta 2,097 Mm3 cuando existieran excedentes de agua en territorio estadounidense. Este volumen fue insuficiente para irrigar la totalidad del área cultivable del valle de Mexicali, por lo que se comenzó la perforación de pozos profundos.
La presa Glen Canyon, que es la segunda mayor represa en el río Colorado, fue construida entre 1956 y 1966. Su llenado comenzó en 1962 y requirió alrededor de 25 años para completarse, periodo en el que no se entregaron excedentes de agua a México.
Esta “sequía artificial”, sumada a la contaminación de las aguas del río recibidas por México durante el “problema de la salinidad” (1961-1973), aceleró la sobreexplotación del acuífero del valle de Mexicali, el cual fue declarado en veda en 1967.
Desde esos años, el río Colorado rara vez ha desembocado en el mar, salvo en ocasiones de desfogue de las presas o de pequeños flujos acordados binacionalmente. Mientras la mayoría de los ríos suelen terminar en el mar o en un lago, el Colorado se seca en una frontera.
Así, el ecosistema del delta del río Colorado y del alto Golfo de California se ha ido degradando por la falta de agua dulce, mientras se ha ido aumentando la sobreexplotación de los mantos freáticos e incrementado los niveles de salinidad del suelo, por mencionar sólo las afectaciones ambientales en el lado mexicano de la cuenca.
Esta problemática se ha agudizado con la sequía que se vive en la cuenca desde 1999 y las reducciones de agua producto de las Actas 319 y 323 de la CILA.
De hecho, los recortes adicionales de agua anunciados recientemente están relacionados con las afectaciones en la operación de la presa Glen Canyon. El agua de su embalse, el lago Powell, ha ido bajando hasta niveles críticos que amenazan la generación de energía eléctrica. Más grave aún, podrían seguir descendiendo hasta el nivel de estanque muerto (dead pool), lo que implica que la presa se convertiría en un obstáculo para el flujo del agua río abajo.
Ante esta situación han surgido voces como las de la organización ambientalista Save The Colorado que proponen el derribo de dicha presa debido a sus múltiples afectaciones, entre las que destacan los crecientes costos de su operación, pues para mantener su embalse se requiere comprar agua cada vez más cara a las zonas agrícolas, lo que incrementa el costo de la hidroelectricidad y seca tierras cultivables, mientras se pierde agua por evaporación y filtraciones. También tendría como objetivo restaurar el ecosistema del los cañones Glen y Grand y el hábitat de especies de peces en peligro de extinción.
Y no es una propuesta extravagante de un grupo de ambientalistas insensatos. Uno de sus miembros es Daniel P. Beard, quien entre 1993 y 1995 fue Comisionado del Bureau of Reclamation de Estados Unidos, ni más ni menos que la oficina encargada de las presas Hoover y Glen Canyon. Beard es autor del libro “Deadbeat Dams: Por qué deberíamos abolir la Oficina de Reclamación y derribar la presa Glen Canyon”.
Este ambientalista, también ex-director del Comité de Recursos Naturales del congreso estadounidense, señala: “Tratar de salvar la Presa Glen Canyon desperdicia dinero, desperdicia agua, causa que las granjas se sequen, recae sobre tecnología anticuada, y continúa su historia de destrucción ambiental y malas políticas”.
El derribo de presas tampoco es algo extraordinario en Estados Unidos. Para finales de 2024, cuatro represas hidroeléctricas antiguas (construidas entre 1922 y 1965) que atraviesan la frontera entre California y Oregón serán derrumbadas, en lo que será el proyecto de eliminación de represas más grande del mundo. Con ello se prevé que en el río Klamath, que es el tercer río más grande que desemboca en el Pacífico desde territorio estadounidense, se tenga una mejor calidad del agua, transporte de sedimentos, impactos ecológicos positivos y beneficios a las tribus y poblados río abajo.
¿Llegará el día en que se derrumbe la presa Glen Canyon? Puede ser, pero eso no necesariamente significaría que se reviertan sus afectaciones en el delta del río, y aquí es donde hablamos de una “sequía política” intencionada hacia México, pues el hecho de que ese segmento de la cuenca esté al sur de la frontera entre ambos países implica poco o nulo interés de Estados Unidos por restaurarlo. Al contrario, cada vez busca exprimirle más agua para afrontar la sequía. De hecho, desde que en 1922 los estados usuarios del río en Estados Unidos negociaron la distribución de sus aguas hubo intenciones de negar que México recibiera agua.
Pero digamos que si por algún extraño motivo se destruyeran esta y el resto de presas, y el río corriera sin obstáculos, entonces, ocurriría lo contrario a la sequía: se desbordarían los canales, se inundaría buena parte del valle de Mexicali y se comenzaría a restaurar la riqueza hídrica del delta. Es un escenario un tanto problemático, pero sin duda evoca lo que estas represas significan en términos ambientales, sociales, políticos y económicos.
¿Llegará algún día en que el río Colorado vuelva a ser libre?
* El autor es Doctorante en Geografía por la UNAM. Escribe artículos y publica mapas en el blog Geografía Septentrional
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